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Pueblos pequeños, grandes familias

La solidaridad entre vecinos marca el día a día en municipios con poca población

Antonia, Jordi, Rosa, el alcalde y Esther en una plaza de Fulleda.

Antonia, Jordi, Rosa, el alcalde y Esther en una plaza de Fulleda.LLEONARD DELSHAMS

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Los pueblos más pequeños de Lleida funcionan como grandes familias, en las que los vecinos se ayudan entre ellos y se organizan para ir a comprar o acompañar a los mayores al médico cuando hay una emergencia. Los habitantes de estos municipios destacan que “vivir en absoluta tranquilidad” es un “privilegio que no cambiarían por nada del mundo”.

La vida en los pueblos más pequeños de Lleida transcurre sin sobresaltos y la mayoría de vecinos de estas localidades consideran que vivir “en la más absoluta tranquilidad” es un privilegio que no cambiarían “por nada del mundo”. Son muchos los leridanos que han optado a lo largo de los últimos años por huir de las capitales y trasladarse a una localidad más pequeña para poder disfrutar de un ritmo de vida más pausado. En estos pueblos, la mayoría se dedica al sector primario, por lo que a primera hora de la mañana los agricultores y ganaderos van a sus fincas, a cuidar al ganado o a sus granjas, y los que trabajan en el sector servicios se desplazan a otros municipios, lo que provoca que durante un día laborable sea difícil encontrar a alguien por sus calles y los que se quedan son pensionistas o trabajadores del ayuntamiento. Mientras que en invierno estos núcleos están semidespoblados, su censo puede llegar a triplicarse en verano. En esta estación, los ayuntamientos trabajan para tener todos los servicios a punto para este repunte vecinal. De hecho, estos municipios funcionan como grandes familias. Sus habitantes se ayudan entre ellos para ir a comprar o llevar al médico a los mayores, mientras que los comercios llevan sus productos desde otras poblaciones en furgoneta para venderlos.

La demarcación de Ponent, con 432.384 habitantes, concentra la mayor parte de la población en núcleos de menos de 5.000 vecinos, una cifra que solo superan Lleida ciudad, las capitales de comarca (menos Sort y El Pont), Alcarràs, Guissona, Almacelles, Alpicat y Agramunt. En cuanto a los pequeños, SEGRE analiza hoy la vida en los 20 con menos población. El más micro de todos es Cava, con 52 vecinos, y sus habitantes han tenido que acostumbrarse a vivir “sin servicios”. Miquel Dalmau, que reside allí, explica que por no tener no tienen “ni el ruido del camión de la basura”. En estos lugares, el alcalde juega un papel importante, porque más que el presidente es un mediador e incluso se encarga de poner a punto el polideportivo cuando hay actos, o bien reparte el butano.

Algunos alcaldes se encargan de poner a punto los equipamientos cuando se organiza una fiesta

En Fulleda se organizan “las mismas actividades que en un municipio de 2.000 vecinos”

Los jóvenes tienen que desplazarse a otras localidades para ir a la escuela. Otro de estos pueblos es Bausen (67 habitantes), donde Ladislao y Aida llevan ellos mismos a su hija de 5 años, la única niña de esta localidad, a la escuela de Bossòst. La alcaldesa, Veronique Fontan, asegura que ella es una “mediadora” dentro de la “familia grande” que es el pueblo. En el caso de Cabó (93 vecinos), los jóvenes estudian en Organyà, y en Fulleda (86 residentes) hace unos 40 años que no cuentan con un centro educativo y los niños van a estudiar a Les Borges Blanques.

Las comunicaciones son otro de los problemas y el alcalde de Tiurana (76 habitantes), Àngel Villarte, asegura que disponer de fibra óptica posibilitaría la instalación de más empresas. Además, señala que “tenemos que esforzarnos”, por lo que deben reinventarse para ofrecer servicios que les ayuden a diferenciarse, aunque los primeros ediles reconocen que el objetivo no es “hacer negocio, sino que la vida sea más cómoda”. Este es un hecho que tienen claro en Bovera (266 personas censadas), donde han instalado un jacuzzi en el recinto de las piscinas para atraer más visitantes.

«El dinero de la eólica nos ayuda a vivir mejor»

Fulleda, con 86 vecinos, ingresa cada año unos 140.000 euros de la eólica que explota el parque de molinos de viento de la localidad. Esta cantidad supone el 50% de los ingresos del ayuntamiento y el alcalde, Jordi Arbós, sostiene que “este dinero no nos hace sobrevivir, pero nos ayuda a vivir mejor”. Arbós señala que “los actos que se organizan en municipios de 2.000 habitantes también los hacemos aquí porque hay personas dispuestas a colaborar”. Desde el ayuntamiento intentan mantener los impuestos lo más bajos posible para no cargar a los contribuyentes e incentivar que la gente vaya a vivir a Fulleda. Los vecinos son conscientes de que viven “en una zona privilegiada”, porque desde los puntos más altos pueden ver, en un día sin nubes ni niebla, el Pirineo, Les Garrigues y la Conca de Barberà. La niña más pequeña que vive en el pueblo es Martina, que tiene 2 años, y le sigue otro menor, ya de 16 años. Antonia y Rosa (en la imagen, la primera y tercera por la izquierda), estaban el jueves a mediodía en la plaza porque están jubiladas. Por su parte, el alcalde, Jordi Arbós, y Esther trabajan en el ayuntamiento, mientras que Jordi trabaja en la viña. Un antiguo horno de pan funciona como una biblioteca que nada tiene que envidiar a las de grandes ciudades, con una sala de informática y libros catalogados. Arbós asegura que “intentamos dar servicios para que la gente quiera venir a visitarnos”, porque “estamos abiertos y nunca sabes quién puede estar interesado en venir”.

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