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ESNOTICIA

Y David triunfó sobre Goliat

  • ISMAEL CHIVA
Actualizada 01/10/2018 a las 16:38
Una red de voluntarios mantuvo durante semanas las urnas fuera del alcance de la Policía y de la Guardia Civil || Las “cajas de manzanas” o el “género para la fiesta” fueron algunos de los nombres en clave empleados en Ponent para referirse al objeto más buscado en aquellos días
L’arribada de les urnes a Balaguer a primera hora del dia 1 d’octubre.

Todas las imágenes y contenidos de SEGRE.com tiene derechos y no se permite su reproducción y/o copia sin autorización expresa.

© L'arribada de les urnes a Balaguer a primera hora del dia 1 d'octubre.

EDGAR ALDANA
L’arribada de les urnes a Balaguer a primera hora del dia 1 d’octubre.

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EDGAR ALDANA
L’arribada de les urnes a Balaguer a primera hora del dia 1 d’octubre.

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L’arribada de les urnes a Balaguer a primera hora del dia 1 d’octubre.

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© L'arribada de les urnes a Balaguer a primera hora del dia 1 d'octubre.

EDGAR ALDANA

Al amanecer de aquel día, el primero de la semana, eran miles y miles los ciudadanos que habían pasado la noche en vela por no saber la hora en la que iban a llegar. La luz del Sol se levantaba amortiguada por nubes de tormenta, que hacían presagiar un oscuro destino a una jornada llamada a hacer historia. Nerviosismo y emoción, pero también impaciencia. Las urnas no estaban en los colegios. Tras semanas de búsqueda, tampoco la Policía española había logrado encontrarlas. ¿Existían de verdad? Dichosos los que creen sin haber visto, porque una avalancha de bolsas de basura inundó los colegios electorales de toda Catalunya en pocos minutos. Cosas veredes que non crederes, una maquinaría de precisión hacía posible lo que se creía imposible. Hacía semanas que las comarcas de Ponent habían recibido un gran encargo de “cajas de manzanas” y de “género para la fiesta” desde el otro lado de los Pirineos. La preciada mercancía había descansado en buhardillas, en torres aisladas, en medio de campos de frutales. Nadie la detectó. De ello se cuidó una red de personas anónimas, altruistas, que en muchas ocasiones actuaron al margen de las instituciones. Estos voluntarios, pese a no conocerse entre sí, actuaron todos a una, como en la Fuenteovejuna de Lope de Vega, y lograron burlar, jugando al gato y al ratón, a un Estado obsesionado en empapelarles. Sin embargo, al final, fue el presidente Rajoy el que tuvo que aguantar el papelón de verse perdedor de un David contra Goliat. “No habrá ningún referéndum”, decía. “No habrá urnas”, decía. Pero cual José I contra el cura Merino en 1812, el ejército cayó rendido ante la guerrilla. Cuando llegó el día y la hora, todos estaban en sus puestos. Unos llevaban las urnas, otros, las papeletas. El mundo vio como los colegios abrían, como la Policía cargaba, y mientras, en Lleida, los pueblos levantaban murallas de tractores para resistir el asedio. Discretos oteadores controlaban las columnas del Estado. Pero su historia es harina de otro costal.

El hombre del coche: de cómo llegaron las urnas a un colegio de la Plana

Le vieron de madrugada merodeando por los alrededores de un colegio de la Plana de Lleida. Iba a los mandos de un coche gris, alargado, espacioso. Nadie le conocía. ¿Quién podía ser la persona que daba vueltas de madrugada al edificio? En el interior de lo que iba a ser un centro de votación a la mañana siguiente, una veintena de personas, familias enteras, dormían apiñadas junto a la puerta. La escena la observaba una imagen de la Virgen levemente iluminada. Imperaba el silencio. Reinaba la oscuridad. Fuera, cuatro centinelas vigilaban al amparo de la luz amarillenta de las farolas. Finalmente, el misterioso conductor aparcó frente a la escuela. Bajó del vehículo y entró en su interior sin mediar palabra. En un abrir y cerrar de ojos ya había salido a la calle de nuevo. Se montó en el coche y se marchó. No le vieron hasta horas después.Al llegar el alba, mientras centenares de personas se agolpaban en la puerta de aquel colegio, el misterioso hombre de la madrugada reapareció, mostrando a todos verdaderamente quién era. Detuvo su vehículo en medio de la calle y se apeó de él. Abrió el maletero y sacó dos grandes bolsas de basura negras. Era la señal. Todo el mundo sabía qué escondían. Aplaudían, gritaban de alegría. Tras él, las puertas de la escuela se cerraron. A los cinco minutos, abrieron de nuevo. Sobre dos mesas, bajo la atenta mirada de la Virgen, dos cajas translúcidas con el escudo de la Generalitat, tapa negra y bridas color salmón esperaban a los votantes.

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