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ENTREVISTA PATRIMONIO

Francesc Canosa: «Sigena supuso la salida del armario de la sociedad leridana»

Actualizada 21/02/2018 a las 10:10
Un libro que se presenta mañana en el Museu de Lleida pone de manifiesto el peso de los dieciséis siglos de historia que se han pasado por alto en el litigio, una “cruzada de la memoria”
«Sixena va suposar la sortida de l’armari de la societat lleidatana»

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© «Sixena va suposar la sortida de l'armari de la societat lleidatana»

LLEONARD DELSHAMS

Mañana se presenta en el Museu de Lleida Sixena: La croada de la memòria (Fonoll), del periodista de Balaguer Francesc Canosa, que va más allá del relato político, histórico o judicial. “Sigena es Twin Peaks, lo de menos es quién mató a Laura Palmer”.

En su libro hay una cita de Joan Sales que dice que Aragón eligió a Castilla, renunciando a la opción natural de reivindicar el Mediterráneo. ¿Sigena es un paso más en este sentido?
Sigena es el checkpoint natural y espiritual que une la Corona Aragonesa con el Comtat de Barcelona. Aragón decidió mirar hacia Castilla, pero ahora cuando florezcan los frutales y el paisaje se convierta en un gran mantel de color Pantera Rosa volverá a ser evidente que en esa gran llanura no hay ningún tipo de distintición entre Catalunya y la Franja. Ni física, ni cultural, ni histórica.

Dice que Sigena es la prueba de que España no existe...
Es el carbono catorce que lo demuestra. Se han llevado objetos de Lleida, pero no el alma. Porque no pueden y porque no les interesa. No quieren saber nada de la memoria catalanoaragonesa. De la confederación de estados que era de facto. Y Sigena es como la ouija que nos conecta con los huesos de nuestros antepasados. Por eso el día 11 de diciembre, gente que no había ido nunca al Museu de Lleida, que ni siquiera le interesa el arte, participó en la gran revuelta ilergeta del siglo XXI. Ponent se erigió en la gran conciencia de Catalunya. Los ilergetas son esos héroes morales que aunque pierdan, siempre luchan. Antes hablaba de ese horizonte rosa de los frutales en flor que antes parecía que nadie viera y ahora se reivindica: quien siembra orgullo recoge orgullo.

Reivindica la importancia del Comtat d’Urgell en la historia del monasterio.
Se dice que nuestra historia en común con Sigena se remonta a los ocho siglos del obispado de Lleida. Pero son dieciséis, porque también está la Tarraconense. Ninguna sentencia judicial puede arrebatarnos esa memoria, ese valor intangible. Sigena surge de esa road movie sanguinaria protagonizada por el Comte de Barcelona Ramon Berenguer IV y su socio y amigo Ermengol VI, Comte d’Urgell. Juntos conquistan Tortosa, Lleida, Mequinensa, Jaca, Calatayud, Fraga y Sigena. El Comtat d’Urgell financió el monasterio y le dio esplendor. Cuando Jaume d’Urgell pierde el Compromís de Casp, los Trastámara hicieron de Sigena un Alcatraz. Ese gran monasterio de monjas pijas se convirtió en una cárcel. Y empezó su decadencia.

Y, sin embargo, se habla más del pasado reciente, del incendio de 1936.
Que se señale a Catalunya como expoliadora del monasterio o como responsable de la quema de 1936 es la gran pregunta sin respuesta que nos lleva al decreto de Nueva Planta del siglo XXI que es el 155 y que ha permitido que la Guardia Civil entre de noche en un museo para llevarse unas obras de arte.

Y fuera, la revuelta ilergeta a la que hacía referencia.
Antisistemas con sistémicos. Menjacapellans con abraçacapellans. Fue la salida del armario de la sociedad leridana. Era la civilización contra la barbarie.

El día que Barcelona nos vio.
El problema de desequilibrio territorial de Catalunya siempre digo que es oftalmológico, porque es de mirada. Barcelona tiende al estrabismo y mira hacia fuera, hacia París, hacia Nueva York. Lleida tiende a la miopía y no ve bien de lejos. Y ese día hubo una corrección. Se llevaron el sarcófago de Isabel d’Urgell, la hermana de Jaume, pero no su alma. Y descubrimos que no estaba muerta, que era una zombi que guardaba nuestra memoria. Y nos empujaba a luchar.

¿Quiénes serían Indíbil y Mandoni?
Alberto Velasco y Carmen Berlabé. Ellos, el director del museo, Josep Giralt, las plataformas... Toda esa fuerza, toda esa vida, estaba dentro de un ataúd. Dentro de la caja sepulcral de Isabel, con sus colores cálidos de coca de recapte. La caja que pusieron dentro de otra caja.

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