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Plataformas como Wallapop o Ebay, ¿fomentan el ahorro o hacen que consumamos más?

  • Redacció
Actualizada 11/01/2017 a las 10:37
Las nuevas tecnologías han cambiado los circuitos de consumo
Por Navidad y Reyes se suelen recibir regalos que no gustan o que no van bien. Siempre ha habido la opción de devolverlos o cambiarlos, ya que reciclarlos o darles una segunda vida, hasta hace relativamente poco tiempo requería un esfuerzo que no muchos estaban dispuestos a hacer. Ahora con un simple clic y desde casa se pueden revender por medio de Wallapop o Ebay, plataformas que, además, permiten sacar beneficios económicos de estos regalos. ¿Sin embargo, son realmente experiencias basadas en los principios de la economía colaborativa o sólo utilizan la buena fama del modelo para vender más?

Las nuevas tecnologías ofrecen nuevas posibilidades. Y las compras y los regalos navideños no se escapan. Para Mayo Fuster, directora del grupo de investigación Dimmons de la UOC, tenemos nuevas maneras de consumir porque las nuevas tecnologías «han cambiado los circuitos de consumo».

Lo prueba el estudio Navidad Digital hecho por Privalia, que dice que 9 de cada 10 familias españolas han comprado hasta el 80% de sus regalos de esta Navidad en tiendas digitales, un 10% más que el año pasado. Y prefieren hacerlo desde casa, por la noche y desde el móvil. De esta manera se ahorran colas y dinero. Gracias a internet y sobre todo a los teléfonos inteligentes, la sociedad se ha acostumbrado a comprar y a consumir de manera diferente y dentro de estas nuevas tendencias, el consumo colaborativo también se está abriendo paso.

Plataformas de consumo colaborativo como Wallapop y Ebay lo ponen bien fácil. Se pueden adquirir regalos más económicos y vender los que no se quieran. Ebay incluso promociona lo que se llama re-gifting (re-regalar), con la posibilidad de ganar hasta 300 euros. Y Wallapop tiene la ventaja que pone en contacto gente que vive en el mismo barrio o en la misma ciudad.
Un modelo en auge
Augusto Corrons, profesor de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC, cree que estamos ante un cambio de paradigma: «pasamos de la fórmula clásica de comprar, utilizar y tirar a un paradigma más integrador en que no se trata tanto de tener cosas como de utilizarlas», y pone el ejemplo de la máquina de hacer agujeros: todo el mundo tiene una pero la utilizamos en contadas ocasiones. Con esta nueva manera de consumir se trata de compartirla con otros usuarios y pagar por el uso.

La Unión Europea cuantificó el impacto del mercado colaborativo en 28.000 millones de euros en 2015, según un informe de la Comisión Europea. Y hay una previsión que en 2025 mueva más de 300.000 millones de euros en todo el mundo, según el estudio Los límites de la economía colaborativa, realizado por OBS Business School. Algunos expertos consideran que estos datos están inflados pero, según la investigadora de la UOC Mayo Fuster, estén inflados o no «es innegable que el sector crecerá muchísimo».

A pesar de las buenas expectativas, Corrons asegura que este cambio todavía es muy incipiente. La prueba la tenemos al día siguiente de Reyes cuando encontramos los contenedores llenos de cajas de juguetes nuevos; pero está de acuerdo con Fuster que la tendencia de revender en el mercado de segunda mano va en aumento y tiene mucho campo por recorrer. Es lo que se denomina economía circular, que facilita que «el producto no se tire, sino que se reutilice, por lo cual se promueve la sostenibilidad ambiental».
Colaboración sostenible
Precisamente el objetivo de la economía colaborativa, un modelo basado en el intercambio de productos y servicios entre particulares desde una plataforma digital, también es fomentar el reciclaje y la reutilización de productos y promover el consumo de proximidad. Corrons pone el ejemplo del uso compartido de vehículos como Blablacar. Si tienes que ir a Madrid en coche y te pones de acuerdo con tres o cuatro personas más, para ti representa un ahorro de dinero pero también tiene una dimensión social ‒ja que te conecta con personas que antes no coneixies‒ y una dimensión medioambiental ‒perquè se consumirá menos carburante, sólo se utilizará un coche y, por lo tanto, se contaminará menos‒.

Así pues, los principios de la economía colaborativa, que se llama procomún, son favorecer la sostenibilidad y reducir el consumo. ¿Pero realmente plataformas como Wallapop y Ebay ‒o también de otros como Airbnb o Uber‒ se fundamentan en los valores de la economía colaborativa o son corporaciones que se llevan el buen nombre del consumo colaborativo procomún y en realidad se mueven por el afán de lucro?

Mayo Fuster alerta sobre iniciativas como Wallapop, que a pesar de crear nuevos circuitos de circulación de bienes, incentiva el consumo hasta el punto que hay adictos a esta plataforma. O Airbnb: a pesar de reducir el impacto ambiental porque no se construyen más hoteles, se ha comprobado que los turistas que visitan las ciudades con Airbnb acaban consumiendo más.

August Corrons también avisa que «muchas iniciativas corporativas aprovechan el concepto colaborativo para vender y en esencia no tienen nada que ver con la economía colaborativa porque su objetivo es ganar dinero».

Estas grandes corporaciones, aparte de tener lógicas de organización similares al modelo procomún basadas en principios de colaboración, suelen ser muy poco transparentes, se mueven por|para el afán de lucro y privatizan aspectos como la gestión de la plataforma y el gran volumen de datos que generan. Unos datos que antes estaban en manos de los estados y gracias a los cuales ahora estas empresas pueden dominar el mercado porque les permiten conocer mejor los intereses y las necesidades de los consumidores. Fuster cree que tenemos que tomar conciencia de las implicaciones que tiene utilizar este tipo de plataformas denominadas unicornio, que disfrutan del apoyo|soporte de la UE, que pretende hacer una legislación común. Por el contrario, ciudades como Barcelona, Bolonia o Bristol son mucho más favorables al modelo procomún.

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