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Contaminación lumínica: por qué es malo el exceso de luz

Actualizada 29/06/2021 a las 18:39

La luz artificial, útil para la actividad humana durante la noche, está empleándose de forma cada vez más excesiva. La contaminación lumínica constituye una alteración del medio ambiente durante las horas de la noche que afecta directamente a la mayoría de los ecosistemas donde tiene lugar. Además, como se trata de una contaminación que es intangible, pasa desapercibida o es infravalorada, pero perjudica a las especies silvestres y a la salud humana, además de la imposibilidad de ver el cielo nocturno.  

Más del 80% de la población mundial vive actualmente bajo un cielo contaminado por luz artificial. En torno al 20% de la superficie terrestre, sin incluir la Antártida, está sometida a una suerte de ‘niebla luminosa’ que ilumina artificialmente la oscuridad propia de la noche en aquellos lugares habitados por humanos, según el Nuevo atlas mundial de brillo artificial del cielo nocturno. España es uno de los países de la Unión Europea que más luz emite hacia el cielo nocturno. Barcelona, Madrid, Alicante, Valencia Sevilla pero también ciudades más pequeñas irradian una cantidad de luz a su alrededor que forma una cúpula luminosa visible a muchos kilómetros de distancia. Dado que la luz se propaga en todas las direcciones y a 300.000 kilómetros por segundo, la contaminación lumínica originada en un lugar, puede alterar paisajes o lugares distantes, que incluso no cuenten con sistemas de iluminación.

El exceso de iluminación, según explica Joaquín Baixeras, de la Universitat de València, tiene especiales efectos sobre los insectos. Son los que más afectados se ven. Y hay que recordar que de ellos depende el futuro de cualquier ecosistema y de la propia especie humana: "Cada noche millones de insectos vuelan en nuestros espacios naturales. Utilizan sistemas de navegación basados en puntos de luz en el firmamento y por supuesto la luz que suministra la luna cuando está disponible. La luz proveniente de sistemas alumbrado público es extraordinariamente más potente que estas tenues referencias de iluminación. Sus sistemas de navegación se ven interferidos completamente por esta luz, adaptados a cantidades de luz ambiental residuales". Por ello, cualquier farola actúa como un "sistema de succión" que les atrae y allí encuentran, casi siempre, la muerte. Es por ello que el alumbrado excesiva está alterando las poblaciones de insectos y, consiguientemente, toda la cadena que depende de ellos.

A la hora de emigrar las aves también suelen perder su ruta debido a que son encandiladas por estas luces y no logran arribar a destino. Esto provoca una ruptura en la cadena alimenticia, lo que – a largo plazo – puede provocar la extinción de algunas especies.

Por otro lado, también las plantas, líquenes, algas y organismos, como el plancton marino, sufren las consecuencias. Por ejemplo, la polinización de algunas plantas disminuye en lugares muy iluminados por la noche.

Además, el ser humano necesita oscuridad para descansar adecuadamente y adaptar su vida a los ritmos circadianos, es decir, aquellos que garantizan un adecuado reposo del organismo, basados precisamente en el ciclo día/noche. Ver alterados esos ritmos con una iluminación que destruye la oscuridad natural de la noche evita un descanso adecuado, pero, además, estimula la aparición de graves enfermedades, según otras investigaciones. Las alteraciones causadas por la contaminación lumínica pueden afectar desde la piel y la vista hasta aumentar las probabilidades de padecer obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares.

Estudios del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISG) señalan, tras haber analizado el caso de numerosos pacientes, que aquellos individuos que estuvieron expuestos a mayores niveles de luz presentaban un 60% más de posibilidades de sufrir cáncer colorrectal. Y ello no será debido directamente a la luz, sino a cómo esta altera el reloj interno del organismo, sus ciclos circadianos.

Soluciones? Entidades como Cel Fosc, que trabajan en España contra la contaminación lumínica, son claras: «No se trata de no iluminar, sino de iluminar correctamente». Y ello es posible evitando luces excesivamente potentes (siempre por debajo de 4.000 K), y, por supuesto, no apuntando las luminarias hacia arriba o en horizontal, sino siempre hacia abajo. La luz de color blanca es simpre la peor y son preferibles tonos más cálidos: ámbar o amarillos. La tecnología LED ha disparado el problema de la contaminación lumínica, afirma Cel Fosc, puesto que su potencia de iluminación es mucho mayor que los sistemas tradicionales y, encima, es más barata.

Otro de los problemas que hay que afrontar es que la mayoría de las bombillas funcionan de manera continuada independientemente de que estén alumbrando a alguien, lo que además conlleva un derroche energético innecesario. Para solucionarlo, basta con instalar sensores de movimiento que se enciendan de forma acorde a las necesidades de cada situación. De esta forma, las farolas solo se encenderían cuando hubiera viandantes, reduciendo de forma considerable la contaminación lumínica en los núcleos urbanos a la vez que la factura de los Ayuntamientos.

Habría que pensar, además, en iluminar solo lo imprescindible: las calles y carreteras por donde circulan personas y vehiculos y reducir al máximo las iluminaciones de edificios vacios, iluminación monumental o publicitaria, etc. 

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