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PRISIONES UNA HUIDA DE PELÍCULA

El Vaquilla: una fuga legendaria

Actualizada 15/12/2019 a las 09:39

Esta semana se han cumplido 35 años de la mítica evasión de la prisión de Lleida 2, el 11 de diciembre de 1984, de Juan José Moreno Cuenca, el delincuente estrella de la transición || Su escapada y su espectacular arresto le convirtieron en un símbolo de la generación perdida de la heroína

Icònica imatge de l’espectacular arrest del Vaquilla a Barcelona després de fugar-se de Lleida 2.

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© Icònica imatge de l'espectacular arrest del Vaquilla a Barcelona després de fugar-se de Lleida 2.

TV3

He llegado a la conclusión de que hasta para ser un buen delincuente es preciso ser un hombre culto”. Esta frase se puede leer en la autobiografía de Juan José Moreno Cuenca El Vaquilla (Hasta la libertad, Ediciones B, 2001). La afición a la lectura es una de las muchas rarezas, reales o imaginarias, de este delincuente precoz que se convirtió en mito carcelario de la transición tras una espectacular fuga de la prisión Lleida 2 (desde 1991 Centre Penitenciari Ponent) el 11 de diciembre de 1984, esta semana ha hecho 35 años. Su canon literario resiste la comparación con el de Harold Bloom: la Biblia, Flaubert, Dostoievski, Rilke, Unamuno (¡Unamuno!), Miguel Hernández... También leía autores y títulos hippies, progres y muy menores como Hesse, Tagore y el inefable Juan Salvador Gaviota, es decir, las obras que hizo suyas la generación que encumbró a El Vaquilla como un mito que se enfrentaba a su trágico destino en forma de (supuestos) abusos policiales y carcelarios, condenado por la heroína y la marginación del barrio barcelonés de La Mina. El mito comenzó en Lleida 2. El Vaquilla protagonizó una fuga de película en compañía de cuatro reclusos seleccionados. “Los hombres que he hallado no podían ser mejores”, explicaba en el libro. “Antonet, mi hermano, a quien conozco perfectamente, que sé que si me da su confirmación va a estar al frente, al menos mientras me vea a mí en pie de guerra; Segura Martín, el Rubio, un metro noventa, una mole de tío que da un puñetazo y no queda rastro del que lo reciba, está acusado de homicidio y va a por todas; a Miguel Ferrer Cantero no le conozco, pero Antonet y Mario responden por él. Y Mario Rodríguez Salmerón, el Mario, que sigue hasta el mismísimo infierno a cualquiera que le diga “¡Vamos!”. Uno de estos hombres se autolesionó para que acudieran varios funcionarios, a los que secuestraron, desnudaron, maniataron y encerraron en un despacho, llevándose consigo en calidad de rehén a un jefe de servicios. Los evasores se vistieron de funcionarios y utilizaron al rehén para que les franquearan el paso hasta la calle. El rehén gritó “¡fuga!” y los fugitivos echaron a correr hacia el Arnau. Era noche cerrada y reinaba una niebla intensa, de esas habituales en la Lleida de los inviernos de mediados de los ochenta. Cerca del hospital pillaron un vehículo con el que huyeron hasta la Val d’Aran, con el conductor de rehén. Dejaron el coche y empezaron a andar en dirección a ninguna parte hasta que decidieron dar marcha atrás de forma asamblearia. Sí, asamblearia: El Vaquilla convocó a sus cuatro compañeros y al pobre rehén y les pidió que votaran -¡el rehén también!- sobre si era mejor seguir o regresar a Barcelona. Una decisión de entrañable candidez democrática por parte de un delincuente que simbolizó la transición como lo hizo El Lute con el franquismo o el bandolero El Tempranillo con la España decimonónica. Las urnas decidieron volver a la “Barcelona del alma”, en la que El Vaquilla vio morir una fuga legendaria con la que nació su mito.

Juan José Moreno Cuenca falleció a los 42 años en el hospital Can Ruti en 2003. Habría salido de la cárcel en 2007.

Funcionarios que trabajaban en la prisión en 1984 le desmitifican

La leyenda de El Vaquilla comienza con un padre desconocido y un padrastro muerto a tiros por la Guardia Civil. Luego vendrán las muertes de algunos hermanos crecidos como él en los paisajes nada bucólicos de la Mina. Heroína, sida y navajas acompañaban alocadas persecuciones de un Vaquilla de 9 años al volante de un Seat robado (124, 131, 1430 o Ritmo) que conducia ayudado por almohadones y zancos, ya que no llegaba a los pedales. A los 12 años mató a una mujer al atropellarla en uno de sus atracos. Funcionarios que trabajaban en Lleida 2 hace 35 años lo desmitifican. “El Vaca podrá decir lo que quiera, pero no le tocamos ni un pelo. El director de entonces venía de la administración franquista y para limpiar su pasado se pasaba de condescendiente”. Otro funcionario asegura que El Vaquilla tenía entidad fuera de la cárcel, pero no dentro. “Los presos ni siquiera le hacían caso; lo suyo era una notoriedad estrictamente mediática”. Su enfrentamiento con los funcionarios fue absoluto. Decía de ellos que eran “más fachas que la gorra de Franco”.

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