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  • Laura Montero García
MÉDICO DE FAMILIA. ABS DE TÀRREGA

Diario de una doctora de Primaria (I)

Actualizada 27/11/2018 a las 10:58
Laura Montero Garcia

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© Laura Montero Garcia

Entro en la consulta. Son las 7.50 de la mañana. Vamos bien; no hay nadie en la puerta. Hace un par de meses que me propuse cumplir mi horario a rajatabla. Me esfuerzo, pero sigo llegando algo pronto. Durante años he venido a las 7.30. Mi niñera tuvo que adaptar su horario a mi decisión y venía a casa antes para que yo pudiera marchar (¿conciliación familiar? ¿Qué es eso?). La idea era adelantar tareas administrativas antes de empezar la consulta. Comienza a las 8.30, así que, en teoría, tenía una hora diaria… Y metí la pata. Comencé a decir a los pacientes que, si no tenían cita, vinieran antes de la consulta. Prefería eso a que se presentaran a las 12 de la mañana, cuando ya llevas un retraso importante y vas colapsada. El día que llegué a las 7.45, había 3 personas esperando (sin cita) y una me recriminó que llegaba tarde. Me di cuenta de que tenía que parar. Desde entonces me esfuerzo por llegar a las 8 y no antes. Aun así, debería tener 30 minutos antes de la consulta para mis tareas.

Hoy cubro hasta las 17 horas. Por lo visto, entra en nuestra jornada ordinaria. Nunca lo he entendido muy bien. Dicen que tenemos 37,5 horas semanales de trabajo y que en nuestro horario realmente hacemos 35 horas. En el CAP de Tàrrega, la atención continuada (urgencias) de 15 a 17 horas la cubrimos el personal sanitario en jornada ordinaria. Los que entran después de esa hora ya cobran por su trabajo. Nos toca un par de veces al mes porque somos bastantes. En Cervera están peor y les toca semanalmente. En Lleida esto no pasa, ni en Barcelona, y también hacen 35 horas semanales y cobran lo mismo. Yo no discuto, a mí no me importa trabajar (llevo años yendo a trabajar antes de tiempo por decisión personal) pero no entiendo por qué en unos sitios sí y en otros no. No lo pienso más, ya me da igual. Ahora sólo me preocupa intentar tener 10 minutos para pegar un bocado al sándwich que me traigo de casa, ya que no hay ningún espacio en nuestra agenda para comer en esos días que tenemos que hacer este horario. Son las 8 y comienza a venir gente sin cita. No me puedo enfadar, lo propuse yo. La señora Z es asmática y tiene una neumonía. Está de baja desde hace una semana y quedé en que la vería hoy a primera hora porque no conseguiría cita hasta dentro de 3 semanas. Ella no tiene la culpa de la demora. Ni yo tampoco.

A las 8 se le abren a cada médico cuatro “citas de urgencias” para que se puedan programar pacientes suyos y ser atendidos el mismo día. La idea es buena, pero los días en que los médicos hacemos dos agendas (por ausencia de otro compañero), este tipo de citas no están activas. Al ver a la señora Z, lo recuerdo. Le expliqué que no podía programarse como una “urgencia del día” porque hoy tenía que hacer mi consulta y la de un compañero que está de baja (Dr. Y). Por lo visto, no hay sustitutos. No encuentran. En otras épocas sí encuentran, pero no hay dinero. Nunca he conocido una temporada que haya dinero y médicos disponibles al mismo tiempo. No pasa nada, veo a la señora Z y le doy el alta. Cuando sale, hay dos personas más sin cita. Me recriminan que les he dicho muchas veces que si quieren ser visitados vengan a las 8 y les programarán para el mismo día. No tuve la precaución de explicar que no siempre ocurre, que hay excepciones como las de hoy. Ellos no tienen la culpa. Yo tampoco. Respiro hondo. Son las 8.10; hasta las 8.30 no vendrá el primer programado. Decido que los veré yo con algo de rapidez, así evito que se enfaden más y evito colapsar urgencias. Dejo las tareas administrativas para otro momento. Son las 8.30. Comienzo realizando la consulta de mi compañero ausente (Dr. Y) hasta las 11 y luego está la mía. Los administrativos lo organizan como pueden. Hay los médicos que hay. Hoy, además, ha habido un nuevo contratiempo y ha fallado el Dr. X (ha muerto su padre). Están como locos repartiendo los pacientes que tenían cita con el Dr. X entre los médicos que hay en el CAP. A mí no me ponen más, ¡ya hago los pacientes de dos médicos!

Hay un cartel en la consulta de Dr. Y. Dice claramente que serán visitados en la consulta nº 31 (la mía). No importa, yo me acerco allí a buscar a los pacientes. La última vez que cubrí a un compañero, una paciente muy enfadada comenzó a chillarme en el pasillo porque llevaba una hora esperando y nadie le había dicho nada. El cartel estaba, no todo el mundo lo mira. Todos somos humanos y nos podemos despistar. Pienso que los pacientes no tienen la culpa, los volvemos locos con tantos carteles en las paredes. Yo tampoco tengo la culpa. ¡Venga! Son las 9.20. No vamos tan mal. La mañana avanza. Sólo llevo 20 minutos de retraso. La gente lleva esperando tres semanas para esta consulta y muchos vienen con listas de problemas de salud que temen no recordar. En 10 minutos es imposible solventarlas. El retraso va aumentando.

M, mi enfermera, acaba de llegar. Ha estado haciendo extracciones sanguíneas desde las 8 en la planta baja del CAP. Antes ha ido a curar a un paciente a su casa. Lo hace fuera de su horario porque tampoco sabe cómo solventar el problema de falta de tiempo y prefiere, como yo, quitarlo del suyo personal y tener la conciencia tranquila.

Vaya, la primera visita de la enfermera M necesita que la atienda el médico. Ella solventa todo lo que está en su mano, pero, a veces, necesita mi ayuda (esta relación es recíproca). Tenía programado al Señor W para revisar su diabetes (hacer electrocardiograma y se le revisan los pies), pero parece que tiene fiebre y le cuesta respirar desde hace 12 horas.

Según nuestro protocolo, deberíamos mandarlo a urgencias porque yo ya no tengo más espacio en mi agenda, pero el Sr. W ya tiene muchos problemas de salud y yo lo conozco mejor que nadie. Lo asumo y lo visito sin cita. Él no tiene la culpa. Nosotras tampoco.

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