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Secuestrando las instituciones

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El otro día comentábamos con la dueña de una cafetería la huelga general feminista del 8 de marzo. Tratamos aspectos generales acerca de quién hacía qué en nuestras respectivas familias y los puntos comunes de la realidad social y familiar de las mujeres hoy en día.

Pero el momento más interesante de la conversación fue la demoledora reflexión de su hija de doce años. Y es que la niña se había interesado por la huelga, los motivos de la misma y las acciones a realizar aquí en Lleida.

Esas actividades organizadas por parte de la plataforma convocante consisten en caceroladas, piquetes, cercavilas, almuerzos… todos populares, pero ¡oh, sorpresa! Todos son no mixtos. Es decir, que no pueden participar los hombres.

Y por lo visto, la muchacha tiró de sentido común y le dijo a su madre que no entendía que si lo que se buscaba era luchar por la igualdad entre hombres y mujeres, se impidiera que los hombres también lucharan por ello.

Y yo tampoco lo entiendo, la verdad. No creo ni creeré jamás en un feminismo que considera al hombre un enemigo a batir. La lucha de tantísimas mujeres desde hace tantos años y en tantos ámbitos ha sido por estar en igualdad con los hombres, no en supremacía ni conflicto. Como en otros colectivos, debemos velar, fomentar y pelear por la igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades. Y no creo que hacerlo desde la exclusión y criminalización sea el camino para ello.

No. Generalizar y estigmatizar a todos los hombres por el comportamiento deleznable de algunos es no solamente injusto, sino contraproducente. Porque abona el terreno a los populismos extremistas.

Mejor usar el sentido común. Tengas doce años o cincuenta y uno.

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