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APUNTE AJENO
  • JOSÉ LUIS GÓMEZ

Emigrantes e inmigrantes

Actualizada 13/08/2018 a las 08:39
Emigrants i immigrants

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© Emigrants i immigrants

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Durante siglos –especialmente en el XIX y en el XX–, España fue un país de emigrantes. Antes lo había sido de conquistadores. Una comunidad tan pequeña como la Galicia de hoy tiene millones de residentes fuera de sus fronteras, hasta el punto de que Buenos Aires se convirtió en la ciudad del mundo con más gallegos. Otra comunidad que ahora es tierra de acogida de inmigrantes como Canarias desempeñó un papel clave en el desarrollo de Venezuela, especialmente próspera en los años 60 y 70 del pasado siglo. Millones de andaluces y extremeños son ahora catalanes... España no puede entenderse sin la emigración y, aunque solo fuese por eso, no puede desentenderse de la inmigración. Pero como alerta la canciller alemana Angela Merkel, de visita en España, ha llegado un punto en que decir que un inmigrante es un ser humano es criticado en algunos sectores.

Pero seamos prácticos. Si los recuerdos y las emociones ya no sirven, hablemos entonces de dinero. De intereses. Ni siquiera en ese caso la xenofobia es rentable. El giro xenófobo que dio una parte de la opinión pública europea –también española–, secundado por algunos gobiernos –al menos en este caso no por el español– no da dividendos y supone una torpeza económica. No sólo social, además de ser, por supuesto, algo inhumano.

Alemania y Francia son las dos grandes potencias de la Unión Europea y las dos tienen millones de inmigrantes, y quieren tener más. Forman un eje antirracista al que ahora se suman España y Portugal. Tienen gobiernos con intereses, con grandes intereses, pero no por ello son xenófobos. Son inteligentes. La derecha tradicional española que, desde el PP, tanto admira a Angela Merkel puede tomar nota de la digna actitud de la canciller democristiana alemana. La derecha emergente española que, desde Ciudadanos, tanto se quiere parecer a Emmanuel Macron también puede hacer lo propio. Nada de eso es incompatible con el dinero y con los intereses. En Europa –y en España– ya no hace falta tener emociones y sentimientos para no ser xenófobos. Ya basta con tener puros intereses y ser inteligentes. También, por supuesto, para ayudar a Marruecos a controlar sus fronteras. Por si acaso.

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