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APUNTE AJENO
  • VICTORIA LAFORA

En memoria

Actualizada 18/05/2020 a las 09:25

Julio Anguita, dirigente histórico de la ahora casi desaparecida Izquierda Unida, acaba de morir. Otro infarto le apartó de la vida política, donde fue perdiendo ascendiente y se convirtió, para su sucesor, Alberto Garzón, en un incómodo florero. De hecho, se llevaba mucho mejor con Pablo Iglesias.

Tal vez, su anterior profesión de maestro fue lo que le infundió ese cierta intolerancia ante lo que consideraba “desviaciones” en el pensamiento lógico. De gesto adusto, su paciencia se desbordaba fácilmente ante las tonterías, incluidas las políticas. Su etapa, al frente del antiguo Partido Comunista, se caracterizó por la unanimidad en torno a su persona. Trabajador infatigable, mantuvo un enfrentamiento cuasi permanente con el PSOE de Felipe González y especialmente con este último, entonces al frente del Gobierno. Eran dos personalidades muy fuertes, con consolidados liderazgos, y chocaron.

Y es que Anguita, a quien en Córdoba pusieron por sobrenombre El Califa por su gestión al frente del Ayuntamiento, estaba acostumbrado a mandar. En esa etapa, en la que repitió mayorías sucesivas, se consolidó su imagen de buen gestor. Nunca se llevó un duro a su paso por el poder y vivió, hasta hoy, de la misma forma y con los mismos medios. No necesitó tragarse los principios para adquirir un chalet a las afueras de Madrid. No era su estilo.

Precisamente en este momento, en el que la extrema derecha se ha lanzado a la calle, armada de cacerolas para protestar contra el confinamiento, sin respetar el estado de alarma y saltándose todas las precauciones a la torera, convendría escuchar de nuevo lo que el desaparecido líder de IU decía el pasado lunes 4 de mayo: “En estos momentos de crispación que están aprovechando algunas fuerzas políticas, hace falta serenidad, reflexión y sopesar razones.” Pedía una salida a la pandemia, ecológica y justa; al tiempo que se quejaba del exceso de visceralidad y de políticos que están arrimando el ascua a su sardina, “que ya huele de podrida que está”.

Genio y figura, hasta el último día de su vida, llamó a las cosas por su nombre y mantuvo sus principios.

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