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Ritmos de frenopático

Ritmos de frenopático

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La cuarta sinfonía de Shostakóvich no puedes escucharla en casa. Si lo haces, lo normal es que se te lleve la Urbana con camisa de fuerza. Hay que verla en directo. Si lo que ves es la versión que dio Gergiev en el Auditorio de Barcelona, te llevas una experiencia inolvidable. Shostakóvich es un animal. Nada en él es ligero. Todo cassola de tros. Con los primeros acordes ya te despeina (si tienes pelo; yo, no). La armonía es dura; los ritmos, de frenopático; el virtuosismo en las notas, delirante. El piccolo, en lugar de aportar solo brillo a los tutti, tiene más solos que la flauta, y es dificilísimo lograr que tengan grueso y no sean estridentes. El requinto tiene más que el clarinete y es una proeza dar todas las notas con este instrumento corto y descompensado. Shostakóvich es provocadoramente antirromántico. Corta los maravillosos pasajes líricos de los vientos (salvo el del corno inglés) casi pitorreándose. Gergiev dirige como un pingüino, sin apenas gestos. Tiene maneras despóticas (y no solo maneras) y lleva una batuta minúscula bastante ridícula, pero si no es el mejor del planeta en este repertorio, lo parece mucho. Hizo una fuga de la cuerda a un tempo demencial. Hay que ser muy torero para hacer esa locura y que no se te derrumbe. Ante todo eso, ¿qué importancia tiene que los piccoli y el requinto desafinaran en una nota pedal? Ninguna, por supuesto. Y menos después de que Gergiev acabara la sinfonía apagando el sonido hasta morir en un silencio que se oyó más que todos los tutti. Ahí se pararon todos los relojes porque ahí estaba la desolación de un Shostakóvich que tuvo que luchar para que Stalin le perdonara la vida. Qué estremecimiento.

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