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COLABORACIÓN
  • JAUME GINÉ DAVÍ
Profesor de ESADE Law School

La joven África frente a la vieja Europa

Actualizada 07/04/2018 a las 10:43
La jove Àfrica davant la vella Europa

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© La jove Àfrica davant la vella Europa

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En los años sesenta, los europeos empezamos a fijar nuestra atención en los 700 millones de chinos que entonces vivían en la muy lejana y desconocida China de Mao. Hoy, el reemergido gigante chino alcanzó los 1.350 millones y será pronto la primera economía mundial. Y cabría sumar India que será el país más poblado del mundo y se convertirá en la tercera economía mundial.

En cambio, Europa despertó tarde y mal ante la rápida explosión demográfica de la vecina África, el otro coloso demográfico del siglo XXI. Un vasto continente que representa el 10% de la superficie, cobija el 50% de los recursos naturales pero también a casi la mitad de la población más pobre del planeta. El contraste demográfico entre ambas orillas del mediterráneo es enorme: 510 millones de habitantes de la desarrollada Unión Europea frente a unos 1.300 millones de un África aún en vías de desarrollo. Y si la vieja Europa no corrige su bajo índice de fertilidad por mujer, las disparidades seguirán incrementándose. Dentro de poco más de una generación, la población europea podría caer hasta los 450 millones mientras la africana crecería hasta los 2.500 millones. Y a la presión migratoria africana se le suma la procedente de otros conflictivos países de Oriente Medio y Asia. El futuro de nuestros vecinos africanos también forma parte y condiciona nuestro destino. Pero África es un continente con regiones y países con distintos niveles de desarrollo. El Magreb, donde destacan Marruecos, Túnez y Argelia, ya cuenta con una nutrida e influyente diáspora en Europa. Y sus crecientes relaciones comerciales con la UE impulsaron un desarrollo económico que estabilizó su demografía. No es el caso de los países de África subsahariana, el origen de las principales rutas migratorias hacia el Norte. La UE debe gestionar mejor y eficientemente las corrientes migratorias. En la última década, más de 2 millones de africanos llegaron a Europa, la mayoría en unas duras condiciones que provocan pérdidas de vidas. Y seguirán llegando porque las migraciones no se frenarán solo con los programas de ayuda al desarrollo. La UE debe apostar por un paternariado económico con África que fomente el desarrollo económico y social, corrija la inestabilidad política y la corrupción e impulse una mayor integración económica entre los 55 Estados de la Unión Africana. La cooperación internacional es más urgente si cabe después de que el Banco Mundial haya alertado sobre una alta vulnerabilidad de los países pobres del Sahel ante un Cambio Climático que podría acelerar las migraciones internas y externas. El desierto del Sáhara se extendió un 10% en el último siglo.

Europa tiene un grave problema: el relevo generacional no está asegurado. Según Eurostat, el índice de fertilidad de la UE se situó en 1,60 nacimientos por mujer en 2016. Francia es el país europeo más fértil (1,92) por delante de Suecia (1,85) e Irlanda (1,81). El menos fecundo es Portugal (1,3). Pero el indicador francés cayó en los últimos dos años desde 2 niños en 2014 y 1,96 en 2015. Y si el Hexágono alcanzó los 66,9 millones de habitantes en 2016 fue gracias a los 67.000 inmigrantes llegados aquel año. Las políticas públicas pueden favorecer que las parejas decidan tener hijos pero no bastan. Los jóvenes afrontan muchas dificultades para entrar en un mercado laboral cada vez más precario, ven frustradas sus justas aspiraciones a una vida profesional y afectiva estable y retardan la edad media de la maternidad que en Francia es a los 30,4 años. El problema deviene estructural.

La prolongada crisis económica golpeó principalmente a las generaciones jóvenes. En EEUU, la tasa de natalidad pasó de 2,12 niños por mujer en 2008 a 1,8 en 2014. Pero Alemania, el motor económico de la zona euro con un robusto mercado laboral casi a pleno empleo, también envejece con un índice de natalidad de solo el 1,5. Y la llegada de más de 1,2 millones de emigrantes en los últimos dos años es insuficiente. Y con un problema añadido: crecen las desigualdades territoriales y sociales. Los landers del este alemán han perdido población desde la reunificación en 1991 porque los jóvenes emigran hacia las ricas regiones industriales del oeste. También los países del centro y sur europeos, como Polonia, Grecia, Italia, Portugal y España, sufren una fuga de talento hacia el norte. En Italia, la natalidad se sitúa en 1,34 hijos por mujer. Y son más fértiles las madres de origen extranjero (1,95) que las italianas (1,27). La población total (60,5 millones) se mantiene estable gracias al flujo migratorio, pero envejece. La edad media de la población europea va subiendo. En España (46,5 millones), los mayores de 65 años ya representan el 19%. En cambio, en Cataluña (7,55 millones) se incrementó en 2016 por segundo año consecutivo.

En todo caso, los vigentes sistemas de pensiones resultan insostenibles si las economías no crean más empleos estables y mejor remunerados para los jóvenes. El sistema de la seguridad social en España es deficitario con un agujero que alcanzó los 18.756 millones de euros. Y con el agravante que recaerá sobre las futuras generaciones los crecientes deudas y déficits creados por unos gobiernos que presumen defender los intereses generales del país. Mientras tanto, tanto pensionistas como asalariados van perdiendo poder adquisitivo con el alza de la inflación. Se precisa aumentar la productividad pero también incorporar más población a la producción, que en parte será extranjera. En todo caso hay que evitar que prosiga la fuga de talento joven. Y también fomentar la natalidad.

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