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  • FRANCESC X. BOYA ALÓS
Presidente de esMontañas

Goiat y la montaña

Actualizada 25/07/2018 a las 17:05
Goiat i la muntanya

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© Goiat i la muntanya

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La aparición del oso Goiat traído desde Eslovenia en el año 2016 intensifica de nuevo el debate de la reintroducción de los grandes depredadores en las zonas de montaña. Pero en realidad, el debate no es más que un destello de un conflicto más profundo que nuestra sociedad parece incapaz de abordar en toda su complejidad.

Goiat nos pone frente al espejo y nos interpela sobre qué hacer con nuestras zonas de montaña, y en general con el mundo rural. Hoy, esta pregunta que hemos pretendido responder únicamente desde la tecnocracia, mediante una densa capa de normativas y marcos legislativos, se nos ha convertido en un espeso magma bajo el que se asfixia e, irremediablemente, languidece el mundo rural y en especial las zonas de montaña.

Decía Berque, que la modernidad europea ha dividido la naturaleza en dos mundos incompatibles, la que apreciamos con nuestros sentidos y la “verdad” que nos enseña la ciencia. Dos percepciones que, a diferencia de lo que sucede en las culturas orientales, se contraponen, hasta llegar a ser en ocasiones antagónicas. Es decir, nosotros no conocemos el sanshui y por tanto carecemos de instrumentos para conciliar la percepción cultural y la científica. Frente a esa carencia, en nuestra gestión del denominado “medio ambiente” solo somos capaces de leer, o me atrevería a decir, imponer, algunas verdades parciales.

Con el debate de los depredadores sucede un efecto parecido. Los profetas del ambientalismo sostienen el rewilding como una lógica de nuestra modernidad. La desaparición de las poblaciones rurales a pasos agigantados dejará, o mejor dicho, ha dejado, enormes vacíos poblacionales que deben, bajo su verdad, recuperarse mediante el proceso de renaturalización, volviendo a su virginidad primigenia. Podríamos decir que vivimos en el tránsito hacia un nuevo paradigma territorial, en el que el hombre va a concentrarse básicamente en las zonas urbanas abandonando la ruralidad. Dicen los estudiosos de la demografía que en 2050 el 80% de la sociedad vivirá en grandes megalópolis.

La lucha de la ganadería extensiva contra la tecnocracia ambiental es una de las evidencias de este tránsito que muestra nuestra incapacidad de conciliar la verdad científica con una concepción cultural de nuestra naturaleza. Una concepción construida desde hace miles de años en la que se han establecido equilibrios fundamentales entre el hombre y el medio que habita. Culturas que han sido determinantes para configurar paisajes, tradiciones y formas de vida que hoy desaparecen o simplemente se banalizan para convertirse en tematizaciones sin sentido.

Las consecuencias de la rotura de estos equilibrios tendrán en el futuro efectos gravísimos y enormes costes para nuestra sociedad. La despoblación es la primera evidencia. España es el país más desequilibrado de Europa en términos poblacionales. Un 53% de su territorio está por debajo de 8 habitantes por quilómetro cuadrado, el siguiente es Portugal con el 23%. Este abandono de la ruralidad comporta, además, la no-gestión de inmensos espacios que arderán sin remedio frente al aumento de temperaturas del planeta sin los efectos paliativos de los rebaños. La pérdida de la biodiversidad que solo garantizan los paisajes mosaico es ya una realidad en muchos lugares de nuestra geografía.

En consecuencia, sería absurdo cuestionar el derecho y el deber de la conservación de todas las especies, como es igual de absurdo olvidar que en este proceso de conservación, las culturas rurales y montanas forman parte de ese mismo universo. Y que cuando se prioriza el oso Goiat sobre la pervivencia de los rebaños se conculca el mismo principio que sustenta su conservación. Por tanto, el precio de la preservación debe ser asumido solidariamente por el conjunto de la sociedad y debe ser gestionado con la participación directa de los que viven y padecen los desequilibrios, con el objetivo de restaurarlos. De lo contrario, la creciente sucursalización de la ruralidad como escenario de una única verdad impuesta desde la llamada tecnocracia, nos condena al abandono, la desaparición y el olvido.

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