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COLABORACIÓN
  • ÁNGELES RIBES
portavoz de Cs Lleida

No tenemos miedo

Actualizada 21/08/2018 a las 13:02

No tenemos miedo fue el hashtag que se promovió tras los espantosos atentados jihadistas del pasado verano. Una de esas frases para etiquetar mensajes y promover buenos sentimientos tras la barbarie. Pero creo necesario hacerse una reflexión.

No tenemos miedo. Ciertamente, la sociedad española ha dado un ejemplo acerca de cómo sobreponerse a las matanzas terroristas. A lo largo de décadas, ni el terrorismo de ETA, GRAPO, Triple A, GAL, Terra Lliure, Jihadismo o de cualquier otra banda de asesinos ha logrado que las víctimas, sus familias o el resto de españoles hayan pedido nada más que memoria, dignidad y justicia.

Memoria. Déjenme que les cuente una historia. La historia de una viuda, Pilar Elías, con la que compartí un café en Zaragoza hace varios años. Un café y una historia de angustia, de pena, de dolor.

En 1962 Ramón Baglietto salvó a un niño pequeño, Kandido Azpiazu, de morir atropellado por un camión en un trágico accidente en el que fallecieron su hermano y su madre. Años después, en 1980, Azpiazu mató a Ramón, concejal de UCD en el Ayuntamiento de Azcoitia, ametrallando su coche primero y pegándole un tiro en la cabeza.

Azpiazu fue juzgado y condenado a 49 años de prisión. Sin embargo, en 1990, apenas diez años después, a Azpiazu le conceden la libertad provisional y se compra un local y monta una cristalería en los bajos del edificio donde viven la viuda y los huérfanos de Baglietto.

Pilar, serenamente, me contó lo que sentía cada vez que entraba y salía de su casa y veía al asesino de su marido, al asesino del padre de sus hijos, haciendo vida presuntamente normal mientras a ella le quedaba el dolor y la lucha para que no se olvidara ese mismo dolor en tantas otras víctimas. Ni una sola vez me habló de venganza. Ni una.

Dignidad. Hay algo que siempre se ha reclamado tanto por las distintas asociaciones de víctimas como a nivel individual por los que han padecido el horror del terrorismo.

Apoyo. Apoyo psicológico, apoyo médico, apoyo económico, apoyo social, apoyo institucional. Una vez se apagan los ecos mediáticos, las víctimas necesitan que no se las deje solas con su sufrimiento. Necesitan medios para paliar, no sólo las pérdidas humanas, sino las terribles heridas físicas y emocionales. Necesitan medios económicos para poder sobrellevar el día a día, para poder afrontar el presente y el futuro de forma digna. No siempre los han conseguido y, en ocasiones, cuando los han logrado, ha sido tarde y mal. Queda mucho camino por recorrer ahí.

Justicia. A Ángeles Pedraza le mataron a su hija Myriam en la masacre del 11M. Ella me contó que se volcó en el activismo para sobreponerse al trauma. Quería justicia. Quería que se investigaran todos y cada uno de los atentados, que los culpables fueran hallados y que se les llevara a juicio. Porque hay cuatrocientos crímenes sin resolver, hay más de seiscientas sentencias sin culpables. Y hay que investigar, hay que hallar a los cerebros y a los ejecutores, a los que colaboraron y sí, también a los que miraron hacia otro lado. Para eso está la justicia, para dar respuestas desde el estado de derecho. En España, ninguna víctima se ha tomado la justicia por su mano.

Y déjenme que añada una cosa más a esta reflexión: responsabilidad. Las víctimas siempre han exigido que no se las politice, que no sean usadas como arma arrojadiza de unos partidos frente a los otros. Y aquí es donde entra la responsabilidad de los políticos, servidores públicos. Usar actos de conmemoración y apoyo a las víctimas para sacar tajada partidista de un atentado es nauseabundo. Usar una tribuna pública como ésta que se nos cede a los portavoces municipales para verter preguntas y acusaciones como las que ha hecho el señor Postius es abyecto. Mezclar el terror jihadista y todas sus horribles consecuencias con sus obsesiones separatistas produce miedo. Miedo a su irresponsabilidad, miedo a su carencia de empatía y miedo al uso que hace del sufrimiento ajeno.

Las víctimas no se merecen esto. Las víctimas se merecen el respeto, la memoria, la dignidad, la justicia y la responsabilidad por parte de todos. Sin ninguna fisura. Y entonces podremos decir lo de no tenemos miedo.

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