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ESNOTICIA
  • LAURA MONTERO GARCÍA
Laura Montero García. Médico de Familia. ABS de Tàrrega

Diario de una doctora de Primaria (II)

Actualizada 28/11/2018 a las 10:54
Laura Montero Garcia

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© Laura Montero Garcia

¡El tiempo se nos echa encima! ¡Son las 10.30 y llevamos 1 hora de retraso! Me consuelo pensando que no pasa nada. Justo en este espacio tengo 20 minutos de descanso. Nunca los he usado para descansar. Como para la inmensa mayoría de mis compañeros, nos sirven para recortar el retraso acumulado. Así el retraso pasará a ser de 40 minutos en lugar de 1 hora.

Siempre traigo una manzana para media mañana. En teoría, es para estos 20 minutos, pero ya la tomaré. Es como el día de la marmota. Pienso que mañana será mejor, pero vuelve a ser lo mismo. Aparte de las citas presenciales, los pacientes pueden realizar consultas telefónicas y e-consultas (consultas por correo electrónico). En mi agenda, hoy hay unas diez consultas telefónicas (a consulta por minuto) y tres e-consultas. Según va la mañana, no puedo esperar al final para contestarlas. No habrá tiempo. Decido, como otros días, entre paciente y paciente ir haciendo las llamadas. Consultan resultados de pruebas, renovación de recetas, solicitan informes… Intentaré hacerlo todo hoy. Quizá mañana venga antes si no lo consigo.

Entre paciente y paciente voy llamando por teléfono y pegando mordidas a mi manzana. ¡Al final, casi siempre consigo comérmela! ¡No me puedo quejar!M me recuerda que tendremos que ir a un domicilio compartido. Le preocupa un paciente ATDOM (atención domiciliaria) que visitó ayer. Hoy programaron otro domicilio de una paciente de 16 años con fiebre. Pedía que fuéramos a su casa a verla. Le hemos llamado y explicado que debe venir al CAP. No podemos ir a ver a todo el mundo con fiebre a sus casas. Un domicilio son 20-30 minutos. Un lujo que solo nos lo podemos permitir con pacientes que realmente lo necesiten. Para evitar discusiones, me comprometo a verla aunque no tenga cita. Ya no sé cuántos pacientes llevo atendidos hoy sin cita. No pasa nada.

Las 11.30. Ya prefiero ni mirar el reloj. Salgo a avisar al siguiente paciente. ¡Vaya! En el pasillo me acorralan tres personas: “Es un minuto, ¿me podrías renovar la receta?” “Laura, no me encuentro bien y no me quieren dar hora.” “Me tienes que ver aunque sea al final.”

Vuelvo a respirar hondo. Últimamente siempre respondo lo mismo (bien lo saben mis pacientes): “El tiempo no es infinito, no es que no te quieran dar hora, es que no hay más sitio, y yo al final me voy.” Aun así, veré qué puedo hacer. Renuevo la receta y M pasa en su consulta a los otros dos pacientes que dicen que no pueden esperar e intenta solventarlo. Ella suele tener menos colapso que yo. No tiene obligación de visitarlos (ni yo tampoco). A uno (que no tiene nada urgente) le ofrece venir otro día y lo tranquiliza. Al otro le solventa directamente el problema (era una duda sobre medicamentos). ¡Suerte de mi enfermera!

Las 12.30. Una hora de retraso de nuevo. A las 15 horas entro de urgencias y me quedan algunas consultas telefónicas, e-consultas y un domicilio. Ahhhh! No recordaba que a las 14 horas hay una charla sobre osteoporosis que da la reumatóloga. En nuestro horario laboral también se contempla la formación. Tenemos charlas frecuentes. A esto hay que unir las reuniones periódicas de equipo.

Entra la Sra. M con su marido. La atiendo. Tengo 10 minutos por paciente. Comparados con otros CAP, somos hasta afortunados. Le dedico 25 minutos. Tiene mucha patología y requiere su tiempo. Cuando acabo me dice: “Ahora mi marido.” “¿Su marido?! ¡Su marido no tiene cita! “Pero es un minuto. Solo es mirar la analítica y la radiografía que le pidió por su dolor de espalda.”

Saco mi conclusión: mis pacientes tienen un problema con la percepción del tiempo o tienen una sobrevaloración de su médico, que es capaz de hacer todo lo que piden en 1 minuto.M me echa una mano y va pasando pacientes por su consulta. Me acaba de llamar la enfermera del Dr. Y. Quiere que le acompañe a ver a un paciente a domicilio. No me puedo negar. Hoy yo también soy el Dr Y.

13.50. No hay nadie fuera. Las enfermeras me están esperando para los domicilios y yo intento acabar las telefónicas de una vez. ¡Toc, toc, toc! Llaman a la puerta: “Laura, ahora que estás tranquila y no tienes a nadie, me podrías atender?”

Respiro hondo. Pierdo un tiempo inútil en explicar que me quedan muchas cosas por hacer. Que el hecho de no tener pacientes no quiere decir que no tenga trabajo. Que venga mañana a las 8 y se intente apuntar como una “urgencia del día” y si no puede esperar que vaya directamente a urgencias. Creo que no le ha importado lo más mínimo cómo ha sido mi día ni el trabajo que tengo. No muy conforme, marcha y queda en venir mañana a las 8. Cuando se va, recuerdo que mañana haré de nuevo de dos médicos y no tendré “urgencias del día”. No pasa nada. Mañana será otro día.

14.20. Salgo a hacer los domicilios. Lástima por la charla sobre osteoporosis. Intentaré pasar, aunque sean sólo 10 minutos. La formación en nuestra profesión es importante. Muy importante. Vamos vamos. Ya iré al baño. Ya intento no beber agua para no perder ese precioso tiempo, pero desde las 7 de la mañana tengo la vejiga a punto de reventar.

15 horas. Corro desde mi último domicilio al CAP. Entro de urgencias. No he podido ni oler la charla de osteoporosis. Se quejan de que no vamos a la formación que nos ofertan, que el ponente hace un sobreesfuerzo (suelen ser médicos que van igual que nosotros) en dar la charla y luego no vamos. No tengo respuesta. Probablemente, si hubiera sido superrígida y sólo hubiera visto a los pacientes programados lo habría conseguido.

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