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LLEIDA
  • LAURA MONTERO GARCÍA
Médico de Familia. ABS de Tàrrega

Diario de una doctora de Primaria (y III)

Actualizada 29/11/2018 a las 09:12
Laura Montero Garcia

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© Laura Montero Garcia

Entro en

urgencias. Me llevo mi sándwich por si consigo comerlo. Le daré el relevo a mi compañero e iré al baño. ¡Buf! El pasillo está lleno. ¡Lleva una hora de retraso! Si llegamos a enviar a los que hemos atendido sin cita, ¿cómo estaría? “Voy al baño, vete cerrando el ordenador que vengo yo.”

15.15. Escribo en la historia de los pacientes domiciliarios y comienzo. Ya comeré por la tarde. La gente del pasillo está nerviosa. Llevan una hora esperando. En la pantalla del ordenador, al lado de cada paciente programado, nos ponen el motivo de la consulta para poder priorizar: –parte de baja/–resfriado de una semana/–dolor lumbar/–dice que se ahoga.

Triaje fácil. Pasamos en primer lugar al paciente que se ahoga. El que viene a buscar el parte de baja se levanta como si tuviera un resorte y me comienza a chillar: “¡Todos me pasan por delante y yo vengo de urgencias!”. Intento explicarle cómo priorizamos y que lo suyo no es una urgencia, que en cuanto pueda se lo hago. “¡Esto cada vez está peor! ¡Os pagamos para no hacer nada!”

No discuto. ¡No hacer nada! No sé si reír o llorar. Atiendo la disnea y mientras tenemos el paciente con una nebulización en la consulta del lado paso al de la baja. Justo cuando lo tengo dentro se estropea el programa informático. Fallo generalizado. Mientras se recupera la conexión me cuenta cómo se encuentra. Está de baja por ansiedad en su trabajo. Trabaja cara al público. Se siente poco valorado por sus jefes y los clientes le tratan sin respeto. Tiene ironía el asunto.

Fantástico. He recuperado tiempo y el que llegue a las 17 horas de urgencias sólo llevará 15 minutos de retraso. ¡Las 17 horas! Corro a buscar a mis hijos al colegio. Ya comeré después.

Mientras voy en el coche pienso si todas mis actuaciones médicas fueron correctas. Algunas las tomé muy deprisa y me da pánico haberme equivocado. Repaso mentalmente los pacientes que más me han preocupado. Vaya, no cursé la ecografía de la señora N y no recuerdo si valoré el electrocardiograma del señor P. No pasa nada. Cuando llegue a casa me lo apunto en un papel y mañana vengo 10 minutos antes y lo hago.

Lo contado no es ninguna dramatización ni exageración. Esto es lo que sufrimos la mayoría del personal sanitario día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año. Intentamos gestionar nuestros recursos lo mejor que podemos, y a pesar de llevar este ritmo diario, la presión de nuestra empresa y la presión de los usuarios son cada vez mayores. La huelga convocada recientemente la secundo por principios, pero sin ninguna esperanza.

Tanto nuestra empresa como los pacientes son conscientes de nuestra situación desde hace tiempo y todo sigue igual: por un lado, se nos pide más esfuerzos, seguimiento de más protocolos internos y un mayor control del gasto. Por otro lado, aumentan los pacientes con alto nivel de exigencia (¿dónde se encontraban todos estos pacientes cuando nosotros nos manifestábamos en defensa de la sanidad pública y solo éramos cuatro gatos?)

En resumen, la defensa de la sanidad pública es la defensa de la utilización adecuada de los recursos. La huelga se orienta hacia mejorar nuestras condiciones laborales; pero no hay que olvidar que el principal afectado de esta situación no es el personal sanitario, sino el paciente.

Nuestra situación laboral hace que su atención no sea la deseable y que la probabilidad de errores sea mayor. Somos trabajadores normales y corrientes, con vocación, sí, pero también somos humanos. La sociedad entera es la que debería implicarse en esta lucha y no sólo el personal sanitario. ¿Qué pasaría si sólo visitáramos a los pacientes programados? ¿Merece la pena nuestro esfuerzo en solitario? Lo que está en juego no concierne sólo a los médicos.

Reflexionemos.

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