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COLABORACIÓN
  • JUAN ANTONIO VALERO CASADO

catedrático

Hoy, hace 44 años

Actualizada 21/11/2019 a las 10:43

Cuarenta y cuatro años después de la muerte de Franco, el Gobierno español decidió desenterrar al Dictador del Valle de los Caídos y llevarlo con benevolencia a una sepultura menos ostentosa en Mingorrubio. En este sentido, puede decirse que pese a la agitación jurídica y mediática que ha ocasionado la familia, el medievalista prior de la Abadía, Santiago Cantera Montenegro, la Fundación Nacional Francisco Franco y un pequeño grupo de nostálgicos del régimen, la inmensa mayoría de los españoles han aceptado como algo verdaderamente normal y positivo el cambio de residencia del Dictador desde El valle de Cuelgamuros hasta la localidad de la provincia de Madrid de Mingorrubio, núcleo de población que, administrativamente, se sitúa dentro del barrio madrileño de El Pardo.

En unos momentos en los que la democracia está razonablemente asentada entre la inmensa mayoría de los españoles, este acto parece querer representar el cierre definitivo con el pasado reciente y poner punto final a un triste ciclo en el que se prohibían, entre otras cosas, las más elementales libertades. Sin embargo, paralelamente a la creciente valoración de la democracia como sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes, cuanto más pasa el tiempo, va surgiendo un significativo aumento de voces discrepantes, tanto de políticos como entre la ciudadanía, sobre la Transición española y sus efectos. Es decir, sobre la forma en la que se llevó a cabo el proceso de pasar de un régimen dictatorial a otro regido por la Constitución española de 1978 como norma suprema del ordenamiento jurídico español, a la que están sujetos todos los poderes públicos y ciudadanos de España desde su entrada en vigor un, ya lejano, 29 de diciembre de 1978. Y es que, durante estos años, el sistema político nacido de la Constitución parece haber envejecido y sufrido una innegable erosión en su valoración.

En este contexto, sin duda, los acontecimientos de estos últimos años, especialmente el derivado de la crisis política entre el Estado y Cataluña, han desgastado, de alguna manera, la imagen global de nuestro sistema político y de la Corona, en Europa y otras partes del mundo occidental. De ahí que se pueda interpretar una cierta caída en la valoración que se hace de nuestra democracia entre los propios españoles y en el exterior. No obstante, desde mi punto de vista, lo que falla o se minusvalora entre los catalanes y el resto de españoles no es el deterioro o ausencia de la democracia en sí misma, en nuestro país, sino que, lo que creo que se cuestiona es el funcionamiento del sistema democrático que, entiendo, responde a factores coyunturales del momento presente y que, sin duda, pesan en la mente de la ciudadanía a la hora de manifestar su grado de satisfacción con la norma Constitucional en vigor. En todo caso, quizás la cuestión esté en qué para una gran parte de la población española, nuestra democracia, a causa de su relativa juventud, no está aún tan consolidada como las existentes en la mayoría de los países de la UE como Alemania, Holanda, Dinamarca, etc.

Según la leyenda, en el palacio de El Pardo, residencia de Franco, la luz no se apagaba nunca. Sin embargo, hoy en día, la huella del dictador se ha ido diluyendo hasta desaparecer por completo, lo mismo que acaba de ocurrir con sus restos del Valle de los caídos, hace escasas fechas. En relación con esto, tras 44 años de la muerte del dictador, considero que el pasado franquista ha muerto y el traslado de sus restos lo ha enterrado para siempre, aunque queden algunos residuos que, seguramente, no el tiempo físico, sino el interior que cada uno de nosotros llevamos dentro, irá borrando.

Decía José Luis López Aranguren, el filósofo abulense, refiriéndose al franquismo, “que era necesario olvidar el pasado para vivir, ya que el franquismo anuló la conciencia colectiva y se la cedió al dictador”. A este respecto, así como, resultado directo del comportamiento de muchos curas, los ciudadanos han ido perdiendo la fe en Dios, me temo que también, a causa de los políticos, mucha gente está perdiendo la fe en la democracia. Esperemos que el sol nos quite las telarañas del crepúsculo, recuperemos la conciencia y retornen los amaneceres…

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