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COLABORACIÓN
  • JAUME GINÉ DAVÍ

Profesor de ESADE Business&Law school

Alemania, una reunificación imperfecta

Actualizada 11/12/2019 a las 10:14
Alemanya, una reunificació imperfecta

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© Alemanya, una reunificació imperfecta

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En mi primera visita a Berlín en abril de 1971 pude cruzar el muro levantado por el régimen comunista de la RDA en agosto de 1961. Tras entrar por el Checkpoint Charlie, el punto de paso para extranjeros sito en la zona estadounidense, recorrí la parte este de la ciudad que mostraba la cruda realidad del telón de acero que dividió política y económicamente Europa tras la Segunda Guerra Mundial. El Muro, símbolo de la Guerra Fría, cayó estrepitosamente el 9 de noviembre de 1989. Retorné a la capital ya unificada, solo un año después el 9 de noviembre de 1990. El muro había prácticamente desaparecido. Pero mi primera sorpresa fue encontrarme en la avenida Unter den Lindem una nutrida manifestación de ciudadanos del Este que protestaban contra los efectos de una “reunificación exprés”. Cuatro meses antes, el 1 de julio, la RFA y la RDA oficializaron una unión económica y monetaria, preludio de la reunificación política firmada el 3 de octubre de 1990. Reemergió Alemania reforzada como cuarta potencia económica mundial y gran locomotora de la UE.

Volví otras veces a la capital alemana que refleja, para bien o para mal, la compleja evolución europea desde principios del siglo XX hasta hoy. La última, hace tres semanas, al cumplirse 30 años de la caída del Muro. Un aniversario con poca euforia y bastante autocrítica. Un reflejo de los claroscuros que vuelven a nublar el orden político y económico europeo. Alemania se reunificó pero los alemanes no están ni se sienten plenamente unidos. El muro cayó en 1989 pero hoy persiste una brecha política y social entre ellos. La UE se amplió de 12 a 28 Estados pero siguen las disparidades y los recelos entre los países del Oeste y los del centro y este. Y la OTAN ensanchó su radio de acción e influencia militar hasta las fronteras de una debilitada Rusia surgida tras el colapso de la URSS en 1991. Pero la OTAN, desdeñada por Trump, está en crisis. Emmanuel Macron dijo en The Economist que estaba en estado de muerte cerebral, una afirmación criticada por Angela Merkel y otros socios europeos. La entente franco-alemana no pasa por un buen momento.

En 1989, la UE celebraba la victoria de las Libertades sobre la opresión soviética. Pero hoy sufre una crisis política, la economía se estanca y las desigualdades sociales crecen. No se libra ni el modelo alemán. Los länder orientales lograron un nivel de desarrollo superior a los demás miembros del antiguo bloque comunista. Berlín, aún en reconstrucción, luce como una gran capital en pleno corazón de Europa. Pero el sentimiento de unidad política alemán es hoy más frágil. Los orientales consideran que en 1990, más que una reunificación, tuvo lugar una anexión por los occidentales. Este resquemor se manifiesta políticamente. En las elecciones legislativas de 2017, Alternativa para Alemania (AFD), formación populista de extrema derecha, subió en todos los länder del este donde obtuvo el doble de votos que en el oeste. AFD siguió creciendo en las recientes elecciones en

Brandeburgo

, Sajonia y Turingia. Los votantes castigan al CDU y SPD por quienes apostaron en 1990. La renta per cápita de los länder orientales mejoró mucho, pero aún se sitúa en el 75% de la de los occidentales. En 1990, la brecha era un 43%. Pero el 57% de los ciudadanos del este se consideran de segunda clase. Vieron cómo su economía quedaba obsoleta y se desindustrializaba y las zonas rurales perdían población y envejecían porque los jóvenes con talento emigran al oeste en busca de mejores oportunidades y sueldos. Los ciudadanos del este ganan menos y reciben unas pensiones más bajas que los del oeste. La crisis económica de 2008 y la migratoria de 2015 provocaron frustración y desconfianza de los orientales en un sistema institucional en el que se sienten poco representados y menos protegidos. Y ante la amenaza de otro estancamiento económico, temen un mayor incremento de las desigualdades territoriales y sociales. La Comisión Europea anunció el 4 de noviembre que Alemania crecerá solo un 0,4% en 2019. El país sufre los efectos del proteccionismo de Trump, los conflictos comerciales EEUU-China, la desaceleración del Imperio del Medio, el fantasma del Brexit, y las tensiones económicas y geopolíticas que afectan a otros países emergentes. Unas incertidumbres que perjudican principalmente a países como Alemania e Italia, muy dependientes de su comercio exterior. No es tanto el caso de Francia, cuyo principal motor es el consumo interno. Pero Alemania, a diferencia del Hexágono, cuenta con unas finanzas saneadas. Una razón esgrimida por el BCE para pedir a Alemania, Holanda y otros países con excedentes presupuestarios que inviertan más para paliar el débil crecimiento europeo. La UE sigue dependiendo del motor alemán.

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