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  • JAUME GINÉ DAVÍ

Analista internacional

El año de la rata en China

Actualizada 31/01/2020 a las 09:20
L’any de la rata a la Xina

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© L'any de la rata a la Xina

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El sábado 25 de enero empezó el año de la rata, el primer signo del ciclo de 12 años del zodiaco que conforma el calendario chino. La rata, a diferencia de las culturas occidentales, es asociada en oriente a la inteligencia, la astucia, la riqueza y el orden. Unas virtudes que China precisará para afrontar con éxito la complejidad de los retos políticos y económicos del 2020.

En el ámbito político, el gobierno chino empezó el nuevo año arrastrando dos enrevesados conflictos en Hong Kong y Taiwán que afectan a su política exterior e interior, poniendo en tela de juicio el principio “un país, dos sistemas” propugnado por Pekín para favorecer la reunificación territorial china. Los manifestantes de Hong Kong mantienen sus demandas democráticas, mucho más tras su histórica victoria en los comicios municipales del pasado noviembre, unos apoyos que esperan reforzar en los próximos comicios legislativos de septiembre. Y la crisis hongkonesa influyó en el resultado de las elecciones presidenciales del 11 de enero en Taiwán, donde la presidenta Tsai Ing-wen del Partido Demócrata Progresista, enfrentada a Pekín, obtuvo una abultada victoria sobre el candidato Han Kuo-yu del partido Kuomintang, cercano a los intereses chinos. China también es criticada por la política represiva del PCC contra los uigures y tibetanos en las provincias de Xinjian y Tibet. Un reflejo del endurecimiento del régimen de Xi Jinping, que va acumulando todos los resortes del poder mientras restringe, desde una óptica occidental, el ejercicio de los Derechos humanos y Libertades públicas.

2019 fue un año difícil para una economía afectada por los conflictos con EEUU. El PIB chino creció un 6,1%, el porcentaje más bajo en tres décadas. Pero, a pesar de las sanciones estadounidenses, el comercio exterior chino aguantó bien. Las importaciones cayeron un 2,8% mientras las exportaciones crecían un 0,8%. Resultó un excedente comercial en 2019 (424.900 millones $) superior al logrado en 2018 (350.900 millones $). Y, según las estadísticas oficiales, se crearon más de 13,5 millones de empleos urbanos que situaron la tasa de paro urbano en el 3,5%. Pero el rápido crecimiento de las grandes metrópolis como Shanghái y Shenzhen, que concentran la riqueza y el talento, provoca el vaciamiento de la China rural interior, cada vez más marginada y envejecida. Una situación que Pekín intenta corregir, con escasos resultados, fomentando el retorno de emigrantes desde las grandes ciudades para crear empleo en sus provincias de origen. Preocupa el reto demográfico. La tasa de natalidad sigue decreciendo a pesar de que la política del hijo único fue eliminada en 2016. Según la Oficina Nacional de Estadísticas, la población china superó los 1.400 millones de habitantes, una cifra discutida por otros investigadores, que la rebajan a 1.279 millones. India, y no China, sería el país más poblado del planeta.

2020 no se espera que sea mejor. El PIB crecerá un 6% porque, según el FMI, la economía china ha entrado en una etapa de “ralentización estructural”. El motor económico debería ser el consumo interno. Los ciudadanos chinos, con una renta per cápita que superó los 10.000 $, consumirán con más prudencia porque su nivel de endeudamiento privado es preocupante, el coste de la vida subirá y crecen las desigualdades territoriales y sociales. Las nuevas generaciones empiezan a valorar y adquirir los productos made in China tras alcanzar un buen nivel de calidad y sofisticación. Todo ello en detrimento de las marcas occidentales, japonesas y surcoreanas, que pierden segmentos de mercado chino. Pero también persiste el enorme endeudamiento de las instituciones y empresas públicas, que han dopado el crecimiento con inversiones en grandes infraestructuras. 2020 volverá a estar marcado por cómo evolucionan las relaciones con EEUU. El conflicto comercial parece encauzarse tras la rúbrica de un primer acuerdo firmado el 15 de enero que agrada a Trump porque, lejos de promover el multilateralismo, es un acuerdo bilateral. EEUU incrementará las compras de productos estadounidenses tanto agrícolas como manufacturados, como aviones, coches y bienes de equipo. La obsesión de Trump es lograr reducir el déficit comercial con China, que en 2019 alcanzó los 296.000 millones $.

El carácter bilateral de los acuerdos entre Washington y Pekín inquieta en Bruselas porque el compromiso chino de comprar más productos estadounidenses perjudicará a las empresas exportadoras de la UE. Pero la guerra comercial está lejos de cerrarse. Se trata de una tregua que permite a Trump presentar algunos frutos de su apuesta unilateral y proteccionista a los votantes estadounidenses a las vísperas de las elecciones presidenciales. La pugna por el liderazgo económico y tecnológico mundial en el siglo XXI solo ha hecho que empezar.

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