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El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblas

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Se le debe a Martin Scorsese un cine capaz de desollar el alma humana y todos sus recovecos, un cine plagado de obras maestras con películas como Taxi Driver o Toro salvaje; un cine mafioso puro desde Malas calles a Uno de los nuestros pasando por Casino, entre otras eminentes películas. Pero Scorsese, que en su día explicó su falta de vocación para ser sacerdote, en ocasiones ha expuesto sus dudas, su actitud frente a la fe en títulos como La última tentación de Cristo, Kundun y ahora este Silencio, que adapta un libro de Sûsaku Endo, y a su vez, la película de Masahiro Shinoda rodada en 1971. Al contrario que La misión de Roland Joffé, donde los misioneros jesuítas protegían a los guaraníes del absolutismo de la Iglesia, Silencio se debate en el choque de culturas, en la cristianización de un Japón del siglo XVII, opuesto a todo lo que llegase de Occidente, y empeñado en el exterminio de creyentes y jesuitas o la apostasía como salvación. Scorsese abre frentes críticos en esta dilatada película, en algunos momentos extremadamente pausada y metafísica, y entra en la contemplación, en la lucha interior frente al dolor, en la fe de esos jóvenes jesuítas que irán en busca de su mentor en un territorio hostil, tanto para ellos, como para los japoneses conversos. Brutales martirios que se soportan ante un Dios desconocido y ante un feroz, irónico e inteligente inquisidor con medios suficientes para lograr el sometimiento moral. Y entre tan complejo entramado dramático y religioso, emergerá la figura de un Liam Neeson, que como aquel coronel Kurtz de Apocalypse Now, nos revelará su verdad en el mismísimo centro de El corazón de las tinieblas.

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