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Constancia del depredador

Constancia del depredador

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Es implacable, no hay romanticismo en el mundo de los negocios, es el perro come perro y es donde el perdedor con instinto depredador se apropia de las ideas de los demás y triunfa, convirtiendo a quienes confiaron en él en víctimas propiciatorias a cambio de una propina. El fundador es una película en la que Michael Keaton rebosa dinámica, se cree su personaje y lo modela como absoluto eje vertebrador de la historia que se cuenta, la de Ray Kroc, vendedor sin éxito que encuentra en dos hermanos bonachones, auténticos creadores de la llamada comida rápida, el método y la perfección a la hora de cocinar hamburguesas en serie, la base para construir un imperio, el imperio McDonalds, esa iglesia fast food con fieles feligreses por todo lo largo y ancho de este mundo, esa mirada al sueño americano en el que al final de los arcos dorados rebosa el oro. Es esa perseverancia caníbal la que domina, la que descubre a cada paso un personaje que en más de un momento se intenta justificar, humanizar, colocándole en problemas económicos, en crisis marital, en una capacidad de trabajo fuera de lo común, asociándose con todo aquel que mostrase un talento que pudiese agrandar la leyenda. Pero tras esa fachada hay una fiera, una ambición ilimitada, una obstinación que lo empuja a lograr lo que desea sin prejuicios. América fabrica visionarios que son parte de su historia, tal cual ese Donald Trump acechando con sorna el mundo desde el despacho oval. En El fundador no hay química con el ganador, y más bien pena con los engañados, pero está montado así, y sin importar quién hubo detrás, si fue justo o ruin, se seguirán comiendo hamburguesas McDonalds por millones.

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