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En una isla al sur

En una isla al sur

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De entrada, los efectos visuales que se condensan en esta película son de una fuerza a la altura de su mastodóntico protagonista, un simio gigantesco con alma de guerrero, de superviviente, con voluntad de preservar una isla maldita fuera de las amenazas de peligrosas bestias asesinas, o del hombre, que todo lo echa a perder en cuanto tiene la más mínima oportunidad. Este Kong tiene buena planta, es solitario y en cierta medida comprensivo, sabe calibrar entre el bien y el mal que anida en las personas y en las bestias, pero indefectiblemente planean en la memoria otros gorilas legendarios, desde el original de 1933, en la cima del Empire State Building, seducido por la belleza de la actriz Fay Wray, pasando por el de 1975, dejando ligera de ropa a Jessica Lange, hasta llegar al del 2005, con similar destino que sus congéneres anteriores, poniendo de relieve un cuento trágico de bellas y bestias. Es cine de aventuras, un cine que requiere acción continuada, enfrentamiento y un mínimo mensaje, y eso lo tiene este “Kong”, que esquiva su sino desde el principio. La película nos remite a los setenta, recién terminada la guerra de Vietnam, con coroneles malsanos que no saben qué hacer en tiempo de paz y un grupo de veteranos soldados, junto a investigadores, aventurero de postal, científico obsesivo, atractiva reportera y aviador estancado en el pasado, dentro de una especie de isla temática, jugando al sálvese el que pueda. Con reminiscencias de Parque jurásico, Apocalypse Now, Adiós al rey o Infierno en el Pacífico, se forma un batiburrillo que tiene energía para derrochar, pero muy poca mítica, de esa que alimenta la propia historia del cine.

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