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Trajes a medida

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Cine de acción contemporáneo del que algunos comenzamos a estar, digámoslo de una forma suave, algo desfasados, por no decir hasta los mismísimos. No hay que negarle a Kingsman: El círculo de oro su voluntad de estar en las pantallas por largo tiempo, enganchando con escenas de derrochado ardor guerrero que van dejando bajas por doquier –no hay nada peor que ser un lacayo de los malos– y con pulcros espías que dejan a James Bond como un boy scout. Como los que vieron la primera entrega, la puesta de largo del jovencito miembro de una sociedad secreta enmascarada en una sastrería creada para eliminar bellacos de nivel ya saben que el muchacho está adiestrado, encontrando aquí la eclosión del héroe envuelto en un delirante guión en el que se “resucita” a su mentor para que la organización resurja de sus cenizas, conozca a sus “primos” americanos y puedan hacer frente a la perturbada villana –una Julianne Moore que se lo pasa en grande–, que desde su cártel en su paraíso sudamericano, revestido de la American Graffiti de los 50, contamina a todos los drogadictos del mundo, algo que incluso no desagrada al presidente americano, como si se tratase de un Donald Trump cualquiera. La mezcla de atildados espías británicos y americanos sureños que salen de las fuentes del Bourbon es explosiva, disparatada y apoteósica. Todo aquí es exceso pensado para entretener a la peña, aún a costa de convertir el argumento en algo paródico, incluso con un Elton John totalmente desmadrado y un reparto de lujo que aporta lustre con el mínimo esfuerzo en favor de una acción que no sirve para nada. Bueno, menos la elegancia de Colin Firth y su pipiolo, eso es incuestionable.

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