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CRÍTICADECINE
  • JUAN FERRER

Sobre el arco iris

Actualizada 31/01/2020 a las 09:20
Sobre l’arc de Sant Martí

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© Sobre l'arc de Sant Martí

SEGRE
JUDY
Director: Rupert Goold.
Intérpretes: Renée Zellweger, Rufus Sewell.
Cines: Screenbox Funatic, JCA Alpicat, Urgellenc (Tàrrega).
★★★★

Judy Garland fue un icono, un símbolo, una de las actrices más perdurables en la memoria porque ella fue Dorothy, la niña de Kansas que siguió con sus zapatos rojos el camino amarillo junto a sus amigos el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León cobarde en El mago de Oz, una película que pervivirá para siempre. Pero Judy Garland fue mucho más, una actriz con halo de estrella clásica, una cantante excelente, una mujer que fue sinónimo de un tiempo dorado por fuera, pero terrible desde dentro. Judy se centra en el último año de la artista, un 1968 que, como en años anteriores, no fue condescendiente con su azarosa vida, arruinada y con hijos que no podía criar y con los que hacía números musicales por 150 dólares. Esa situación desesperada le obligó a realizar una serie de conciertos en Londres con el alma partida y con una salud seriamente dañada.

El prólogo de este biopic presenta a una adolescente presionada por el omnipresente Louis B. Mayer en los estudios donde se rodaría la mítica El mago de Oz, un discurso feroz sobre el éxito y el fracaso, sobre la esclavitud a cambio de la fama, esa fama que le robó la infancia y la juventud y que Ruperd Goold muestra a través de flashbacks. Un tiempo que despojó de sueños a una niña corriente atada a la política de los grandes estudios. Un juguete roto, una vida apagada que, sin embargo, se hacía grande en el escenario como resucitando cada noche, menos aquellas que reflejaban sus taras, su tragedia personal que intentaba aliviar con alcohol y barbitúricos, mostrando ante todos que hay momentos en los que ya no se podrá ser lo que se fue. Judy Garland era un mito incómodo, una persona descentrada, poco fiable, gastada por la vida e imprevisible, como sus días o las noches de insomnio, pero tenía un talento indestructible, algo que ni la soledad, ni la falta de afecto, ni nada podía borrar.

Como aquella cinematográfica Norma Desmond que el mundo olvidó en Sunset Boulevard, o aquella Gloria Grahame –tan real como incomparable–, cuya estrella se hizo cenizas, Judy Garland forma parte de un tiempo tan mítico como cruel y que ahora le servirá a Renée Zellweger para ganar el Oscar porque es un espejo de aquella mujer, y su lucimiento es incuestionable ya que sin ella uno no concibe este film. Garland murió con tan solo 47 años, pero sigue ahí, sobre el arco iris, ya que, como se señala en los créditos finales recordando al Mago de Oz, “un corazón no se juzga por lo mucho que tú ames, sino por lo mucho que te amen los demás”.

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