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Algunos de los protagonistas principales de ‘Alcarràs’, en una de las escenas de la película.

Algunos de los protagonistas principales de ‘Alcarràs’, en una de las escenas de la película.AVALÓN

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Como una tormenta de verano que ha traspasado campos y ciudades, la realizadora Carla Simón, sin precisar de una amplia filmografía, ha dejado su imborrable impronta de ámbito rural, calándonos hasta los huesos. Su reconocimiento internacional ha sido extraordinario y ha colocado a una pequeña localidad de la comarca del Segrià en ese lugar en el mundo donde los sentimientos afloran de un modo tan visceral como emocional. Alcarràs es mucho más que una película sobre el campo y sobre quienes lo trabajan.

Es un intenso retrato de familia donde lo tradicional choca frontalmente con una época que no entiende de sacrificio, de trabajo y sudor, de pequeños momentos que forman los recuerdos de toda una vida, un tiempo en el que la amenaza en forma de placas solares anuncia la última cosecha para descuajar de un modo inmisericorde sus venas. Alcarràs puede parecer una película sencilla pues el lugar en que se edifican las consecuencias en cada uno de los miembros de la familia Solé nace de un tiempo pasado donde la palabra era respetada, y estrecharse la mano sustituía cualquier tipo de contrato o posesión de unas tierras. Por ello, Alcarràs posee una fuerte carga de denuncia sin obviar el factor humano.

La profunda mirada a cada uno de los personajes que forman una maravillosa estructura narrativa a través de un guion sin fisuras, escrito a cuatro manos entre la propia Carla Simón y Arnau Vilaró, en el que las vivencias personales de la directora le otorgan una carga de veracidad, de dominio de las pequeñas cosas que forman un todo, de esa resignación mal llevada por una figura capital, Quimet, la piedra angular de la familia, pasando por su hijo, el joven Roger, sumido en un choque generacional y su inquebrantable fidelidad a los suyos; Rogelio, ese abuelo entristecido por el devenir de los acontecimientos; Mariona, la adolescente que parece una pieza discordante en busca de sus razones de vida entre su gente, gente que se aferra a una casi extinta raza que los nuevos tiempos parecen empeñados en hacer desaparecer, o esa madre que todo lo ve y todo lo vive.Pero entre ese tono dramático que resbala por tan notable trabajo fílmico, está la alegría de los niños que inundan la pantalla, que otorgan savia, energía con sus juegos campestres, en un entorno agrario donde también hay espacio para la felicidad compartida, para reuniones familiares, comidas con sabor lleidatà; juegos y risas en la piscina en un estío seco y caluroso, en fiestas mayores con eco de escala en hi-fi, que intercalan destellos de júbilo al sufrimiento, a las lágrimas y a la impotencia para que sepamos lo que cuesta verdaderamente la fruta que consumimos.Carla Simón ha construido minuciosamente una película que conmueve, poderosa, demoledora, arropada por una fotografía cromática y bella creada por Daniela Cajías, que también sorprendió con Las niñas de Pilar Palomero. En Lleida, ¿quién no tiene un referente payés como el abuelo Rogelio? En mi caso, Eugenio Tamarit de Cal Sebastianet de El Soleràs, ya desaparecido, y que también creía en la palabra dada porque formaba parte de esa vieja frase que lo definía: La agricultura és la professió pròpia del savi, la més adient al senzill, i l’ocupació més digna per a tot home lliure. Lástima que estos tiempos cambiantes la hayan olvidado tan pronto.P.D.

Como de bien nacido es ser agradecido, agradezco a Miquel Àngel Carrillo el darme la oportunidad de visionar Alcarràs en un pase privado, película que se podrá visionar en sus cines a partir del día 29.

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