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CRÓNICA POLÍTICA

Esperanza Aguirre decidió ser sorda y ciega

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Si un día se rueda el thriller de la corrupción en Madrid, los guionistas entronizarán a doña Esperanza Aguirre, atractivo personaje novelesco, que lo presidió todo en la charca en la que le aparecieron tantas “ranas” (según su propia descripción) y no se enteró de nada. Por un secreto bien guardado, la influyente política decidió un buen día convertirse en ciega y sorda e ignorar el gravísimo expolio de sus principales colaboradores. Aguirre, en sus años de gloria tuvo dos números dos, en el partido y en el Gobierno, Francisco Granados e Ignacio González, enemigos irreconciliables ávidos del botín político y practicantes de la rapiña económica. Salvo atentados, se hicieron de todo. Doña Esperanza se sorprendió, desilusionada, abatida, llorosa, cuando sus respectivos casos judiciales estallaron: primero la operación Púnica, extendida ya a varias provincias, que retiene en prisión preventiva desde hace más de dos años a Granados; y ahora la operación Lezo, el expolio de las arcas públicas, dirigida, según la investigación, por Ignacio González, que llegó a ser presidente de la Comunidad en sustitución de doña Esperanza.

No se lo pierdan: González aceptó el puesto como premio de consolación porque él aspiraba –y Aguirre peleó denodadamente por ello– a presidente de Caja Madrid, que es donde estaba el dinero. Para qué dar vueltas si se puede ir directo a la caja. Lo de Miguel Blesa, y más tarde Rodrigo Rato, quizás fueron operaciones menores, en comparación con lo que hubiera podido suceder. Todo intolerable. Hay que retroceder catorce años para entender este misterio. En las elecciones autonómicas de 2003 Esperanza Aguirre ganó en diputados al frente del PP, pero quedó por debajo de la suma de escaños de socialistas e izquierda Unida. La foto en el balcón de Génova aquella noche, junto a un eufórico Aznar, que a pesar de las masivas manifestaciones contra la guerra de Irak retuvo diez comunidades y casi cuarenta capitales de provincia, mostraba a un Ruiz Gallardón exultante: había ganado en Madrid capital, como le pidió Aznar, y su enemiga histórica, Esperanza Aguirre estaba de salida.

Pero a aquella mujer, compungida en la foto, en las horas siguientes, un allegado le dijo algo así como “tranquila, Esperanza, que esto lo arreglo yo. No mires, no oigas y espera”. Eso hizo ella desde entonces: no ver, no oír y mostrar agradecimiento eterno a quien le arregló su derrota. Inmediatamente se formó un comando político-inmobiliario que recaudó dinero entre empresarios madrileños para neutralizar a dos diputados socialistas, Eduardo Tamayo y María Jesús Sáez, que desaparecieron de la Asamblea en la votación clave para iniciar el proceso de elección del socialista Rafael Simancas. El escándalo fue mayúsculo, la confusión total y las elecciones tuvieron que repetirse a los pocos meses ganándolas, a la segunda, Esperanza Aguirre.

Consultado un empresario al que se le solicitó dinero para la operación, confirma que se negó a participar: “Yo, lo de pagar una encuesta para el partido o algo así, vale, pero dinero para comprar diputados, nunca”. Purgó su negativa, porque lo desbancaron de la Cámara de Comercio y otras instituciones que presidía en cuanto pudieron echarlo. Así se las gastaban. El caso es que Ignacio González quiso repetir como presidente pero Génova, o sea Rajoy, se lo impidió y dio paso a Cristina Cifuentes. La presidenta, odiada por las mafias económicas enraizadas en el PP de Madrid, según van desvelando los sumarios, ha sufrido presiones hasta mediáticas –por eso han declarado los de La Razón– para no remover el pasado.

Y varios fiscales anticorrupción han denunciado trabas para investigar estos escándalos señalando al Fiscal jefe Manuel Moix. Está bien que Rajoy impidiera la reelección de González, porque ya tendría datos, aunque su deber, si los tenía, era denunciarlo. Pero si su ministro Catalá y su Fiscal Anticorrupción dificultan que se investigue la financiación ilegal del PP de Madrid y el enriquecimiento de sus dirigentes, nos legarán una democracia degradada.

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