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CRÓNICA POLÍTICA
  • MANUEL CAMPO VIDAL
periodista

Urge un pacto político de “serenidad”

Actualizada 26/11/2018 a las 09:46
Urgeix un pacte polític de “serenitat”

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© Urgeix un pacte polític de “serenitat”

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La tensión verbal se dispara en los mítines andaluces, el Parlamento catalán y el Congreso de los Diputados. Arrecian los insultos –contenidos con apuros por la presidenta Ana Pastor– y ahondan el divorcio entre política y ciudadanía. Es urgente un pacto de “serenidad” para no envilecer la política, con réditos solo para los más irrespetuosos. Acaso las candidaturas de Vox que hablan del presidente Pedro Sánchez como “el amigo de los golpistas”, se refieren a la Mezquita cordobesa como la “catedral de esta ciudad” y hablan del “aquelarre de género” solicitando la retirada de la ley contra la violencia machista. O quizás una franja del electorado de Esquerra Republicana enardecida por las provocaciones del diputado tuitero Gabriel Rufián, expulsado la semana pasada del hemiciclo, que Infolibre llama “hemicirco”. Sostiene Enric Juliana que “Rufián es para ERC plomo en las alas y lo saben”. Impensable que sus sobreactuaciones no las bendiga la dirección.

Muchos nervios en el escenario. Las elecciones andaluzas pueden significar un seísmo en algunos partidos. Pablo Casado endurece su discurso, tal como se llenan los mítines de Vox, sobretodo de hombres y jóvenes, en torno a su líder, Abascal, y a su candidato a la Junta, el exjuez Francisco Serrano, autor del libro La dictadura de género. Tenemos a Ciudadanos tratando de ganar espacio al PP de Casado y a Casado intentando cerrárselo a Vox. Corrimiento general hacia la derecha para complacencia del PSOE al que le despejan el centro.

En el frente independentistas-constitucionalistas, la diana es el ministro socialista Josep Borrell al que no le perdonan que encabezara las manifestaciones en Barcelona que certificaron que existen dos Cataluñas y no una, como se predicaba. Dos con riesgo, además, de que constituyan una “Bélgica catalana”; a saber, dos comunidades conviviendo mal en un mismo país con lenguas y cultura predominantes distintas, según la advertencia del periodista Jordi Amat, formulada en las reuniones en Lleida de Sociedad Civil por el Debate. Si los que apoyaron la investidura de Sánchez –aunque solo fuera por echar a Rajoy– atacan de ese modo al Gobierno, los que acusan al Presidente de connivencia con el independentismo andan errados. Seguro que lo saben pero una cosa es la racionalidad y otra la rentabilidad política. Lo comprobaremos en las urnas. Pero si la única forma de conseguir votos andaluces es andar con el espantajo de Cataluña, mal servicio se hace a Andalucía y la cohesión del Estado.

Entretanto, Pedro Sánchez duerme en un avión. Estuvo el lunes en Marruecos de vuelta de Guatemala; el jueves en Cuba y el fin de semana en el Consejo Europeo después de condicionar el acuerdo sobre el Brexit a como quedaba lo de Gibraltar. Ganó. Theresa May tuvo que ceder o España ejercía su veto. Golazo en el descuento.

Sánchez quiere recuperar el espacio internacional abandonado por Rajoy: irrelevancia de España en el exterior y pérdida de contratos para las empresas. El aeropuerto de La Habana, comandado por los franceses, es el ejemplo emblemático cuando operamos Heathrow y el espacio aéreo alemán. Rivera le preguntó a Sánchez si iba a Cuba de “vendedor” o a interesarse por los derechos humanos. Pero a su vuelta de Bolivia un gran empresario, en un importante foro de opinión, le dijo a la Vicepresidenta: “Traslade al Presidente nuestro agradecimiento porque, gracias a sus gestiones, no quedamos fuera del ferrocarril bioceánico, del Atlántico al Pacífico.”

Pero no todo es economía. La aparición constante de Sánchez en los informativos con mandatarios en el extranjero –además de la visita de Macron a Moncloa y de Merkel a Doñana– proyecta su imagen presidencial. Quizás por eso sus viajes irritan tanto a la oposición. Pero Rajoy le dejó el campo yermo, Sánchez entiende el mundo porque trabajó en Bruselas y Kosovo, habla idiomas y, por si fuera poco, lo necesitan. Con los británicos de salida y los italianos en quiebra, el eje franco-alemán reclama a España.

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