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CRÓNICA POLÍTICA

Bienvenidos a un infierno electoral de 43 días

Periodista

Bienvenidos a un infierno electoral de 43 días

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Pocas frases han sido más celebradas esta semana como la del presidente gallego, el popular Alberto Núñez Feijóo, que afirma que “en España vamos a una cuarta elección en cuatro años porque, en lugar de hombres de Estado, tenemos a adolescentes al frente de la política”. No es una crítica a la juventud, porque Felipe González llegó a la Presidencia con 40 años, o Aznar y Suárez, con 43. Es un reproche a la inmadurez.

Tanto da que la campaña quedara reducida oficialmente a una semana en caso de nuevas de elecciones, porque ya hace un par de meses que estamos sumergidos en ella. Desde que Pablo Iglesias se equivocara gravemente al pensar que si en julio le ofrecían una vicepresidencia y tres ministerios más sacaría en septiembre, estamos en campaña, porque el PSOE intuyó que allí había comenzado a ganar el “relato”, según el lenguaje de moda. Una campaña que ya no la marcará la palabra “sorpaso”, como el que quería dar Iglesias al PSOE en 2016, después de impedir un gobierno PSOE-Ciudadanos; o “sorpaso”, como el que pretendía Rivera con los populares y después desaprovechó, ya que sumaba mayoría con los socialistas. La frase de éxito de esta nueva campaña, compartida por todos los partidos, es: “La culpa no es mía.” Podría ser un bonito título de bolero.

La ciudadanía está alcanzando sus cotas más altas de desaprobación por la ineptitud de los políticos para elegir a un Presidente, sin repetir elecciones. “Este desastre institucional, que la sociedad española no merece, refuerza el mensaje populista y neofascista de que la democracia no funciona”, estima el analista y expolítico Eduardo Madina. Peligroso.

“En todo el mundo persiste una crisis política en esta transición social, tecnológica e institucional, que hace crecer la fragmentación de la representación democrática”, estima el profesor Manuel Castells. España es el mejor ejemplo: al bipartidismo de base tradicional lo sustituyó, en 2015, tras el 15-M, un cuatripartito, por la irrupción exitosa de Podemos y Ciudadanos. Pero en abril de 2019 ya eran cinco en escena, porque llegó Vox. Y en noviembre seguramente tendremos más, porque Íñigo Errejón se presenta, aunque Manuela Carmena no lo secunde; y en algunas provincias de la España Vaciada, como Teruel, algunas agrupaciones de electores tratarán de dar voz a los que no se sienten escuchados.

La creatividad popular ha producido un aluvión de memes de gran difusión, como este: “2 de cada 3 parejas jóvenes españolas se conocieron en un colegio electoral”, etc. Otros piden castigo para los que decepcionaron, como su sustitución en las listas. Pero la historia aporta antecedentes: en un debate en la Facultad de Políticas de la UNED, el pasado jueves, la catedrática Amelia Valcárcel recordaba, para delirio de la audiencia, el Concilio de Constanza en el que se encerró a los cardenales sin dejarlos salir hasta que eligieran Papa, previa retirada de la comida y, al final, como no lo lograban, los dejaron sin agua. Mejor no dar ideas.

Faltan menos de 50 días para nuevas elecciones, que nada garantizan, porque después podemos seguir bloqueados. Pero las minas sembradas en el camino serán un infierno: la economía se desacelera y el petróleo sube; la sentencia del Procés catalán caerá en dos o tres semanas; la de los ERES andaluces sigue planeando; el Brexit va a ser más duro de lo previsto y, además, hay que sumar todo lo malo que pueda suceder y aún no conocemos. Con ese cuadro escénico, los españoles serán llamados a votar y ya comienzan las recomendaciones juiciosas, como la de la periodista Lucía Méndez: “No podemos abrir una causa general contra la política porque la única alternativa es la antipolítica, y ya sabemos como acaba. Así que el 10-N debemos ir a votar. Una vez llorados.” Que no pase como en Trinidad Tobago, donde la minoría hindú gobierna gracias a que una campaña, técnicamente muy brillante, llevó a la mayoría negra a la abstención, fomentando el “orgullo de no votar”. Ojo, porque puede ser peor.

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