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DESDE EL CANYERET
  • HUG SIERRA VÁZQUEZ

Viajeparalelo

Actualizada 19/03/2019 a las 09:52

Día de sentimientos contrapuestos este sábado. Por una parte, querría acompañar a mi hijo en su partido definitivo para ganar la liga prebenjamina de fútbol sala. Después de tantos días sufriendo y gritando aquello de “¡Pol, chuta!”. Después de tantos consejos a pie de pista, rodilla al suelo y a un palmo cara a cara: “Pol, tú ve a por la pelota, aunque creas que no llegarás, si te crees que llegas, realmente llegas.” Igualmente moría por subir al autocar en dirección a Madrid para demostrar al Estado que somos un pueblo de pie y con ganas de seguir plantando batalla. El camino era largo, pero la conversación no faltó. El juicio del procés era un tema recurrente. Todo el mundo decía la suya. Las opiniones eran diversas, pero todas tenían en común su nulo rigor jurídico. Yo las escuchaba, con la condescendencia del abogado que se sabe en terreno propio. Me esforzaba en poner el acento en aquellos aspectos más alarmantes desde el punto de vista técnico: que si una instrucción viciada, que si un cambio repentino de criterio jurisprudencial en el momento de limitar las preguntas a los testigos, que si limitación al derecho de contradicción para no permitir mostrar imágenes a los testigos, etc. A pesar de la atención del auditorio, reconozco que no tardé en retroceder. Oí que realmente no tenía ninguna razón al desacreditar los argumentos superficiales de carácter político que cualquier persona ofrecía. Me di cuenta de que cualquier razonamiento político era válido por el hecho de tratarse de un juicio con objeto exclusivamente político. La manifestación fue independentista. Un recuerdo constante a quien no volvió a casa después del 1-O. La injusticia del juicio actuaba a modo de lanzadera de todo aquel muro humano, masa tumultuaria, ejército de personas (repliego el guante acusatorio), en defensa del derecho de autodeterminación de los pueblos, que es defensa de todas las libertades. Y así lo compartieron más de cincuenta colectivos de todo el Estado español y más allá. Y así, blandiendo el Fairy como arma omnipresente, avanzamos por el paseo del Prado hasta los pies de Cibeles. Por momentos seríamos capaces de abstraernos en el paisaje para sentirnos como en casa. Escuchábamos discursos y proclamas de pueblos hermanos que nos alababan la lucha combativa por la libertad. Algunos discursos encantadoramente incendiarios y, otros, más reflexivos. Y allí, cuando Elisenda Paluzie dijo aquello de “no tendremos nada más que lo que nos ganemos nosotros mismos”, entendí que aquello que habíamos venido a hacer a Madrid justamente era “ir a por la pelota”.

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