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César Vallejo (1892-1938) apareció en el principio y el final de dos mundos. El americano supuso la herencia posromántica y modernista, y el europeo entrañaba la renovación estética de las vanguardias. Como apuntaba Edgardo Dobry, Rubén Darío había desbordado la capacidad del idioma, refundándolo y apropiándose de sus armonías. Los libros de aquel momento que pretendiesen estar vivos tratarían de escindir la prosodia de Darío de sus vuelos parnasianos para volcarla a la vida del hombre y de la mujer en circunstancias concretas. Por otra parte, la rareza del poeta peruano no debe confundirse con una mera provocación vanguardista. Porque de César Vallejo podría afirmarse en cierto modo lo mismo que valía para Vicente Huidobro: “Un poeta debe decir esas cosas que, si él no existiera, no habrían sido dichas por nadie. La cosa creada contra la cosa cantada. Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol. La emoción debe nacer solo de la virtud creadora.”

Alumno de Kierkegaard, Vallejo bebe de él la idea de que existir significa realizarse a sí mismo por medio del compromiso. Pero también la realidad de la angustia y el azar son fundamentales en el pensamiento del maestro filósofo. Hay que tener en cuenta que nuestro escritor sufrió en carne propia las injusticias sociales: de ahí, también, su malestar. El genio de César Vallejo fue llevar ese malestar al centro mismo del lenguaje. Su poética es un continuo esquivar el lirismo y la armonía. Y a pesar de esto, logra contribuir tenaz y brillantemente a una férrea cosmovisión vitalista. Se trata de un vitalismo obsesionado con el fracaso a todos los niveles; pero esa lucha intrínseca, árida, en las lindes de la nada, consigue los milagros más valiosos. La poesía de Vallejo se clava en quien la lee y no se olvida. La voluntad de ir completamente a contracorriente nos ofrece, no obstante, la cumbre más elevada, el aire más puro. El capricho infinito de este poeta logra entrar en la médula ósea del lenguaje; en ese lugar inhóspito donde la veneración de la negatividad nos lleva a un extraño despertar. Pero Vallejo está perfectamente dentro de la existencia. Su espectacular rodeo forja una personalidad única. Su revolución formal lo trastoca todo implicando al propio lector en una reflexión moral necesaria. Al leer sus versos, sentimos unas angulosas torsiones, unos relámpagos inesperados. Ése es el principal camino para contagiarnos de su rebeldía: la inmediatez. Por el contrario, el cuerpo de cada poema a menudo se vuelve arisco y no busca la facilidad. Al trasluz de su singladura, César Vallejo se las apaña para comunicarnos básicamente un ansia, una forma de mirar al universo. Parece estar informándonos a cada instante de que las cosas no se acaban con una primera mirada. Y ahí reside una de sus más personales zozobras: en el latido que nos dice, verso a verso, que el poeta se encuentra en contacto con algo superior, por mucho que la dificultad empírica y cercana nos aboque muy a menudo al tedio y a la parálisis.

(Edición de Antonio Merino)

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