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Cinco días después de ser investido presidente y tras más de trescientos días con un gobierno en funciones, Mariano Rajoy presentó su nuevo gabinete y si es un mérito hay que reconocerle discreción en las negociaciones y hasta la incorporación de ministros que no figuraban en ninguna quiniela en carteras tan importantes como Exteriores o Fomento. No hay sorpresas en las salidas porque el titular de Interior, Fernández Díaz, estaba reprobado por el Congreso, desacreditado por su gestión y sus maniobras y no podía continuar en un gabinete que apostara por el diálogo. Con menores méritos también se auguraba el relevo por razones de edad y porque se daba por concluida su gestión de los ministros de Exteriores, Margallo, y de Defensa, Pedro Morenés, y había que cubrir las vacantes de Industria y Energía, por la salida de José Manuel Soria, Fomento por la promoción de Ana Pastor al Congreso, y Alfonso Alonso por su candidatura en el País Vasco. Tampoco hay sorpresas en el mantenimiento del equipo económico por las buenas relaciones de Guindos en Europa, la confianza que Rajoy tiene en Montoro y la buena valoración de las ministras Báñez y Tejerina en Trabajo y Agricultura, donde se han ganado fama de dialogantes. Quedaba la cartera de Soria reconvertida en Energía, Turismo y Agenda Digital y se ha promocionado a Álvaro Nadal, que llevaba tiempo en el gabinete de Moncloa. Las novedades llegan en Exteriores con el diplomático desconocido Alfonso Dastis, en Interior con el exalcalde de Sevilla Zoido y en Fomento con el alcalde de Santander, y con la cuota catalana asumida por Dolors Montserrat, bien valorada en la dirección del partido y que se ha bregado en las negociaciones con Ciudadanos, que tendrá la cartera de Sanidad. Estaba anunciada la incorporación de Cospedal que va a Defensa como premio y forma de renovar el partido y contrapeso a la vicepresidenta Soraya, que mantiene su poder y asumirá la negociación con Catalunya, aunque pierde la portavocía, que irá al titular de Educación, Méndez de Vigo, en una decisión que puede interpretarse como una liberación y una menor forma de desgaste. En suma, un gobierno más “rajoyista” que nunca, en el que se valora la lealtad al presidente, que suelta lastre con los ministros más gastados y apuesta por caras nuevas de su entorno, y que anuncia más de lo mismo: continuidad. Formas más amables, pero la política de siempre.

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