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El Museu de Lleida vivió ayer su día más triste, pero no solo por el vacío que han dejado en sus salas las siete obras que se exponían, sino por las circunstancias que han acompañado el cumplimiento de la orden judicial para trasladar a Sigena las 44 obras en litigio desde hace años. El traslado se ha hecho con nocturnidad, con un despliegue policial sin precedentes y con violencia para reprimir las protestas de unos cuatrocientos manifestantes que expresaban su indignación. Era muy triste ver un centro de cultura bloqueado por vallas y aislado por policías, con camiones cargando unas obras que se han restaurado, se han cuidado y se han expuesto para todos los que han querido disfrutarlas y se ha decidido su traslado sin que hubiera sentencias firmes, cuando no se han agotado los recursos, cuando la causa todavía está abierta y cabe la posibilidad de que una instancia superior anule las sentencias del juzgado o la Audiencia de Huesca. Y es muy triste que se aproveche la intervención de la Generalitat, la indefensión que ha generado, la inacción del consorcio al quedarse sin una presidencia efectiva para llevarse unas obras sobre las que se lleva pleiteando años y también es muy oportunista que la decisión se tome a diez días de las elecciones catalanas sin esperar a que el gobierno que salga de las urnas pueda defender los intereses del Museu de Lleida. Pero además el traslado de estas obras refleja un gran fracaso: el de la negociación, el del diálogo, el de la colaboración entre dos comunidades con estrechos vínculos históricos y económicos que ayer se reprochaban mutuamente expolios y que han convertido unas obras de arte en arma arrojadiza. Hace años que desgraciadamente se ha politizado y judicializado el conflicto y que políticos que nunca habían valorado estas obras, ni habían hecho nada por su mantenimiento, las convertían en eje central de su argumentario y desde una y otra parte se han torpedeado todas las posibilidades de acuerdo, las negociaciones para compartir el arte y los esfuerzos para evitar que el conflicto profundizara las brechas y se cerrara sin vencedores, ni vencidos. Lamentablemente no ha sido así y hemos fracasado los defensores de una vía de acuerdo y de colaboración, no solo porque se han llevado unas obras sin sentencia firme, con nocturnidad y a golpes, sino porque se ha multiplicado la sensación de agravio y humillación de una buena parte de leridanos y catalanes.

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