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EDITORIAL
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Incógnitas salvajes

Actualizada 16/07/2018 a las 10:49

Goiat significa fadrí en pallarés. Así fue bautizado el último de los osos que llegó al Pirineo hace dos años. Goiat era un macho joven (tenía entre 9 y 11 años cuando fue capturado en los bosques de Eslovenia) que tenía un único objetivo: engendrar descendencia. Había que romper la endogamia de los plantígrados reintroducidos hace poco más de veinte años. Casi todos los ejemplares descendían de Pyros y había que renovar genes. Con lo que no se contaba era con que Goiat fuera un macho demasiado alfa. No se tiene constancia de que se haya reproducido en estos dos años. Lo que sí se sabe es que ha protagonizado una quincena de ataques al ganado, con especial predilección por las yeguas y los potros. Los ganaderos se han hartado. La voracidad de Goiat ha sido la gota que ha colmado el vaso. Las manifestaciones de Sort y Castanesa evidencian que el programa Piroslife no ha cumplido las expectativas previstas a pesar de los 2,1 millones invertidos. De hecho, Goiat ha resucitado el fantasma antioso, que llevaba tiempo hibernando. La Generalitat dice ahora que se capturará a Goiat y se devolverá a Eslovenia, pero con las baterías del GPS que geolocaliza al animal a punto de agotarse, los ganaderos no cantan victoria.

Damià Calvet, conseller de Territorio y Sostenibilidad, no ha fijado un calendario y la “voluntad” manifestada parece insuficiente para calmar los ánimos. Seguramente se debería haber intervenido con una mayor celeridad para evitar el rechazo a la reintroducción de especies como el oso o el lobo. Las primeras osas se soltaron en la vertiente francesa en 1996 con buena parte del territorio en contra. A pesar de que desde entonces se habían registrado ataques esporádicos a rebaños, estos se compensaban con la preceptiva indemnización, lo que contribuyó a normalizar la presencia de plantígrados en el Pirineo. Este frágil equilibrio conseguido después de dos décadas se ha ido al traste en los últimos tiempos porque los ataques se han multiplicado y los osos se han acercado a zonas urbanas. El programa Piroslife tampoco ha contribuido a incentivar el “turismo del oso”, como se prometió, y más bien puede convertirse en un obstáculo para atraer a senderistas. Se impone una reflexión urgente.

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