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EDITORIAL
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El drama de la migración

Actualizada 01/07/2019 a las 09:26

Capitanear un barco que se dedica a salvar migrantes que corren el riesgo de ahogarse en el mar es motivo de elogio. Al menos, es lo que debería ser para cualquiera que tenga un mínimo de sentido común. Sin embargo, cada vez resulta más frecuente que la acción política vaya en una dirección opuesta, guiada por principios populistas que pueden generar réditos electorales a corto plazo, pero que a la larga son perjudiciales para el conjunto de la sociedad. Un ejemplo palmario es la detención por parte de la policía italiana de la capitana del barco de rescate de migrantes Sea Watch 3, Carola Rackete, acusada de haber delinquido al atracar en el puerto de Lampedusa sin permiso tras estar esperando 17 días en aguas internacionales que algún puerto europeo le diera luz verde para desembarcar a las 40 personas que había recogido en el Mediterráneo. Por si fuera poco, el ministro de Interior italiano, el ultra Matteo Salvini, ya ha advertido que hará lo mismo con los responsables de otros barcos de rescate que atraquen sin permiso en los puertos del país. La inacción y eterna división de la Unión Europea y el auge de los ultras en varios estados está llevando a situaciones en las que habría que preguntarse si no deberían ser políticos como Salvini los que se sentaran en el banquillo acusados de atentar contra los principios humanitarios más básicos. Y si en Europa el panorama es deprimente, en Estados Unidos no lo es menos, como lo ha puesto de manifiesto la imagen icónica del padre y su hija ahogados en el Río Grande cuando intentaban cruzar la frontera. Es cierto que ningún país, por boyante que sea su economía, puede asumir un flujo ilimitado de inmigrantes, pero de este extremo al cierre de fronteras hay un trecho muy amplio. La gran mayoría de personas que intenta entrar en EEUU por México o en Europa por el Mediterráneo lo hacen jugándose literalmente la vida porque en sus lugares de origen apenas tienen medios de subsistencia, no por gusto. Y ante esta realidad, la mejor respuesta sería que los países del primer mundo actuaran de forma coordinada, cooperando en la acogida de los recién llegados y, a la vez, articulando medidas que favorezcan el desarrollo de los países más pobres. Pero por desgracia, los principales dirigentes, con Donald Trump a la cabeza, actúan en sentido contrario y la ONU, que a priori podría impulsar esta cooperación, hace tiempo que es una organización fosilizada.

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