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Desde el asesinato de Martin Luther King en 1968 no vivía Estados Unidos protestas y disturbios raciales tan graves como los que están viviendo estos días, con toques de queda en un centenar de ciudades y la amenaza de Trump de desplegar al Ejército contra lo que llama actos de terrorismo. Llevan seis días de protestas y todo apunta que continuarán porque ayer se confirmó que la autopsia de George Floyd, cuya muerte fue el detonante de las manifestaciones, ha confirmado que fue “un homicidio por asfixia por presión en el cuello y en la espalda” durante su detención por la policía.

Han pasado más de 50 años desde Luther King y la lucha contra la discriminación racial, pero es evidente que en Estados Unidos sigue imperando el racismo, que los negros y otras minorías no tienen las mismas oportunidades que los blancos, ni son tratados de la misma manera cuando son detenidos y también había múltiples pruebas de que la policía norteamericana gozaba de cierta impunidad cuando reprimía a las minorías étnicas y se había ganado merecida fama de brutalidad, sin que tampoco los jueces actuaran porque solo una pequeña parte de policías, 27 en los últimos quince años, han sido condenados y en la inmensa mayoría a penas leves.

Que hay un racismo sistémico que sigue latente se sabía y ni siquiera Obama consiguió erradicarlo porque desgraciadamente forma parte de la idiosincrasia de una parte de la sociedad estadounidense, y por esto el problema se multiplica cuando el representante de esta sociedad racista y clasista llega a la Casa Blanca, porque Trump ha actuado como el pirómano que aviva el incendio tolerando y auspiciando la impunidad policial, reclamando más contundencia y más mano dura, provocando a los manifestantes al llamarles terroristas y creando una crisis sin precedentes que aún puede agravarse si, como ha advertido, moviliza al Ejército.

La estrategia de Trump en su locura pasa por alimentar la revuelta para presentarse como el defensor de la ley y el orden, como guardián de las esencias norteamericanas frente al pillaje y la destrucción de los manifestantes que cuentan con el apoyo de los demócratas. Le va bien para tapar el desastre de su gestión errática con el coronavirus con más de cien mil muertos, culpar a la izquierda y a los periodistas de connivencia con las protestas y reforzar su papel de salvador de la patria, aunque esté desangrándose y ardiendo por los cuatro costados.

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