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PAS A NIVELL
  • JAUME SELLÉS

Nicaragua

Actualizada 03/07/2018 a las 12:42
Nova onada de violència a Nicaragua

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© Nueva oleada de violencia en Nicaragua

EFE

Si en los años 80 del siglo pasado, alguien nos hubiera anunciado que la revolución sandinista se acabaría convirtiendo en este actual y monumental desastre, no sólo no nos lo habríamos creído sino que muy probablemente lo habríamos combatido con todas nuestras fuerzas. La huida de Somoza de Nicaragua y el ascenso del FSLN al poder, fue una epifanía para los jóvenes rebeldes de los setenta y ochenta que llevábamos en nuestras carpetas de estudiantes pegatinas del Che. Sin duda, para nosotros, la nicaragüense fue la revolución de nuestra vida. Supongo que todas las generaciones tienen una. No habíamos nacido cuando la cubana y no llegamos a tiempo de la del 68, sin embargo, hombre, en Centroamérica apareció una muy potente. Por eso, la derrota electoral del año 90, en manos de sus adversarios, nos dejó estupefactos. Aquella revolución que cantaba Mejía Godoy con dulces melodías y que tanto había ayudado a superar el trauma del derrocament violento de Allende a Chile, se nos fue para la pileta emocional, y nos dejó huérfanos de utopías para el resto de nuestras vidas. En Nicaragua, a los jóvenes aprendices de revolucionarios nos gustaba pensar que habíamos perdido nuestra inocencia política y para no sentirnos incómodos apelamos al profundo sentimiento democrático de los sandinistas para justificar una derrota inimaginable y lucir una transición de poder modélica. Nunca una revolución había cedido el poder de manera tan pacífica. Muchos, después de aquello, pensamos que en la vida política sólo nos quedaba saber perder con elegancia, como parecía que lo hacían aquellos comandantes que, a pesar de no ser barbudos, cada vez se parecían más a los de la revolución cubana por la irritación que causaban a los EE.UU. Pasaron una buena temporada a la oposición hasta que en el 2006 volvieron al poder vía elecciones, con el FSLN que conservaba su nombre rupturista pero que, con el paso del tiempo, había perdido todo su encanto revolucionario y se había transformado en la maquinaria imprescindible para alcanzar el poder y mantenerlo un largo periodo. Doce años después, el comandante Ortega y su mujer se han convertido en unos sátrapas que no tienen vergüenza, y que nos hacen preguntarnos quién ha envejecido peor; si la revolución que tanto amamos, o si sus encendidos defensores europeos.

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