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De la Casa Real a la celda

Actualizada 14/06/2018 a las 10:54
L’exduc de Palma, Iñaki Urdangarin, ahir, a l’arribar a l’Audiència de Palma.

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© El exduque de Palma, Iñaki Urdangarín, ayer, a su llegada a la Audiencia de Palma.

EFE

Iñaki Urdangarin (Zumárraga, 1968) cambió el deporte por la realeza. Hijo de Juan María Urdangarin, un histórico militante del PNV que llegó a dirigir la Caja de Ahorros de Vitoria y Álava, sus condiciones físicas le auparon a la primera línea del deporte español. Con poco más de 25 años, debutó con el primer equipo del FC Barcelona de balonmano, en el que militó durante toda su carrera, nada menos que 14 temporadas. Se retiró en el 2000, dejando en su haber 10 ligas, 6 copas de Europa o 7 copas del Rey. Además, jugó con la selección en 154 partidos. Sin embargo, el recuerdo más especial para él seguramente es el de su paso por los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, y no sólo por la medalla de bronce que ganó, la primera de las dos que obtuvo. Fue allí, en el país de las barras y de las estrellas, donde conoció a la que sería su princesa, Cristina de Borbón, Infanta de España.

De las páginas de la prensa deportiva, Urdangarin dio el salto al papel cuché en un abrir y cerrar de ojos que fue, casi tan breve, como el noviazgo con la hija del Rey. Apenas un año después de conocerse, Cristina e Iñaki se dieron el sí quiero en una abarrotada Catedral de Barcelona. El flamante duque de Palma compaginó su agenda regia con la práctica deportiva hasta que nació su primogénito, Juan Valentín de Todos los Santos, que cumplió a la perfección con la tradición monárquica de bautizar a los infantes con una larga retahíla de nombres.

 

Pasó de ser conocido por jugar en el Barça a serlo por casarse con la Infanta en menos de año y medio
El Instituto Nóos, sin ánimo de lucro, movía grandes cantidades de dinero, en una red de firmas satélite

 

El abandono del balonmano sentó las bases para la caída en desgracia, casi dos décadas después, del que llegó a ser vicepresidente primero del Comité Olímpico Español entre 2004 y 2005. Antes de eso, junto con un antiguo profesor suyo, Diego Torres, montó el Instituto Nóos. Torres era la cabeza pensante mientras que Urdangarin, la sentencia lo ha demostrado, era el personaje cuyos contactos tenían su peso en oro y al que no se le podía decir que no, era el yerno del Rey. Pero su suerte acabó en 2011. En noviembre, saltaron los rumores de un posible desvío de fondos en Nóos. En diciembre, el 12, la Casa del Rey le apartó de los actos oficiales. Y, oh casualidad, el 29 de ese mismo mes fue imputado el que a sí mismo se hacía llamar “el duque empalmado”. Expresiones de esta guisa y las aplastantes pruebas contra él, forzaron en 2015 a Felipe VI a retirarle a él y a su propia hermana Cristina el título de duques de Palma que les otorgó Juan Carlos I en 1997. Tras años de ostracismo en Suiza, la resolución del Supremo puso fin a su escapada. Al fin, el que un día tuvo el honor de compartir mesa con el monarca, cayó en desgracia cual Tomás Moro con Enrique VIII y, salvando esta vez la cabeza, parece que nada le librará de las mazmorras.

El caso Palma Arena fue uno de los pufos que dejó tras de sí la época del ladrillo en las Islas Baleares. Los investigadores encontraron un desajuste contable de 50 millones de euros durante la construcción del nuevo polideportivo de la capital del archipiélago, y tiraron de la manta. Y esta les llevó al Instituto Nóos, cuyos responsables eran Iñaki Urdangarin y Diego Torres, a la postre la pareja que más tiempo estarán entre rejas si no salta la sorpresa en las Gaunas, o mejor dicho, en Son Moix. Algo no cuadraba. Nóos era una entidad sin ánimo de lucro, pero había movido, junto a sus empresas satélite, ingentes cantidades de dinero. Los investigadores vieron que aquello no era baladí, las firmas dependientes de Nóos se facturaban servicios entre sí.

El juez José Castro se atrevió a dar un paso al frente e imputó a Urdangarin. Dejó también a la Infanta a los pies de los caballos, acusándola de cooperadora de los delitos de su marido. No obstante, el chivo expiatorio en lo penal acabó siendo él y a ella, condenada por lo civil, le salió a devolver.

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