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  • Maddie Lenn

Esto no es una historia de amor (I): Mientras jugábamos a la guerra

Actualitzada 27/07/2017 a les 13:25
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Este café me provoca calambres en el estómago. Oigo el viento sobre los árboles, quiere llevarse los recuerdos, lejos. Pero estos se quedan, es el delirante silencio del tabú. Se lleva los recuerdos de una tierra que se niega a olvidar, y a la que, a su vez, se le niega el recuerdo. Colgando del cuello, la cámara. Nosotros también nos negamos a dejar escapar nuestros recuerdos.

Nos alejamos por la R454 en dirección a Bratunac. Hacemos autostop pero nadie se aventura a parar. Pasan pocos coches, alguna camioneta de albañiles. Junto a las casas, matrículas alemanas, austríacas, la mayoría suizas. Hijos y nietos de las fosas. En las paredes aún resuena la metralla. Este verano taparán algunos agujeros más, el próximo año puede que lleguen incluso a alzar un nuevo piso. Lo dejarán en manos de la crisis. O de Dios.

Aquí la crisis se cura a base de alzar mezquitas en patios cristianos, iglesias en patios musulmanes. ¿Y qué más da? No volverán. Provocaciones en las encrucijadas de caminos, en una tierra que es hostil hasta para los vecinos.

Aquí el hambre se ataca con rakia.

La sed, con rencor.

Paredes invisibles que separan las ciudades en dos.

O tres.

O más.

Continuamos caminando. Tres largos kilómetros bajo el sol. Nos quedan dieciocho por delante. ¿Nadie que vaya a parar? Al lado derecho de la carretera, entre los árboles, se erige un alminar blanco. Descansaremos allí, a la sombra. Seguro que hay una fuente.

Vamos.

Hoy jugaremos a ser corresponsales de guerra. Para hacer una buena foto… luz y composición.

Se oye un zumbido y un motor.

Aparecen de detrás de la curva, montados en un monocultor. Él conduciendo, sonriente. Ella le acompaña sentada en la carreta. ¿Cuántos años tendrá ese aparato? ¿Y ellos? Parecen viejos, ya. Algún diente asoma por sus bocas. Caries, arrugas, pobreza. Ilusión en la mirada.

¡Alemán! Orgulloso, nos cuenta que sabe hablar alemán. Que lo quiere practicar, quiere contar su historia. Lo estudió. Alemania. El exilio, hace veinte años ya. Aprendió rápido. Le hubiera gustado aprenderlo en la escuela; Dios le había ofrecido la peor de las opciones para aprenderlo. Pero aun así la aprovechó.

Dzemal y Zahira.
Nos acogen.

Ella habla, habla, habla… Parlotea sin que se le entienda nada, no porqué hable en bosnio. Su boca ya no obedece a su cerebro, su cerebro, simplemente ha dejado de obedecer. Habla, murmura, se entromete en la conversación. Sin rumbo.

Se ríe, se alegra, llora.

Ella pasó otras guerras.

Somos sus invitados, nos ofrecen lo que queda de un viejo sofá. Ellos se sientan en el suelo. El comedor no tiene nada más que este sofá, una pequeña mesa de centro y varias alfombras descoloridas por el polvo acumulado. Debió de ser bonito. En algún momento, esa casa debía de rebosar vida. Lo recuerda el verde de los muebles de la cocina, la luz que entra por las ventanas. Se está fresco aquí dentro, mejor que seguir por la R454. Pero los agujeros en las paredes nos recuerdan que la vida se vio bruscamente truncada.

Nos preparan un té. Austríaco. Se lo envía una de las hijas de Zahira. Früchtetee, en alemán. Ellos han tenido suerte. Aunque solos, pudieron volver.

Sus hijos prefirieron el exilio permanente.

El olvido parece más fácil en la distancia.

La guerra les pilló jóvenes y enamorados. Pero Dzemal no fue del agrado del padre de Zahira, y la casó con otro. Se convirtieron en refugiados de improviso. Mientras tanto, en los televisores occidentales tres años de genocidios, asedios y francotiradores. Entre las ruinas, el adagio de Albioni.

Cerca de Salzburg, ya a salvo, la suerte les puso un muro de por medio otra vez. Ella en Austria, él en Alemania. Los separaban pocos kilómetros y una frontera. Lo supieron años más tarde.

–‒ Iban, toma nota, yo voy traduciendo. ¿Sigues? Hoy sí salimos con algo bueno.

Dayton. La guerra se da formalmente por terminada y la vuelta a Bosnia será cuesta arriba. Y la suerte, ¡ay! Esa suerte que nos empeñamos en llamar casualidad, les puso de nuevo frente a frente.

Pero ella ya no era ella.

Horror, compasión y vuelta al dolor.

–‒ Una paliza de su anterior marido. La dejó así, casi muerta. Y loca. Golpes en la cabeza sin parar. A él le encarcelaron allí. A la vuelta, el padre de Zahira no dejó que volviera con su marido. Tampoco conmigo. Me la negó por segunda vez. Después, yo me fui unos años a Alemania. Aquí no había nada; allá, puede que oportunidades. Y ella, miradla, ella lo tiene tan mal… Pero cuando volví aún conservaba mi antiguo número de móvil. En su cabeza. Y un día, recibí una llamada. ¿Entiendes? Había conseguido recordar mi número y me llamó. ¿Cómo? ¡Increíble! Entonces, a la tercera, su padre lo entendió y ya no nos puso más impedimentos. Ella sobrevive gracias a la medicación. Su hija manda dinero cuando puede y su padre se la compra. Son ella, su padre y su hermano, no quedan más. Tampoco médicos. Yo la cuido. –‒Y esboza la sonrisa más honesta y considerada del mundo–‒. Una vez a la semana nos visitan y nos traen sus medicamentos junto con algo de comer. Una guerra y una paliza. Y aquí estamos. Juntos. Si una guerra no nos ha podido separar…

Risas.

Abrazos.

Salimos de la casa. Bajamos las escaleras anexas. Nos despedimos, no sin que antes nos presente a su segundo gran amor: la vaca del granero. Bien podría llamarse Manolita o Princesa. Dzemal se ríe e intenta traducirnos el nombre. Qué más da, nos quedamos con su sonrisa.

Salimos.

Tenemos dieciocho kilómetros más por delante hoy.
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