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  • Joan Ezquerra

Medio día es de noche

Actualitzada 27/07/2017 a les 13:25
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Al grito de “huelga de caballetes”, la pandilla dejó descansar, tumbadas sobre un pedal, las bicicletas en la puerta del supermercado de la urbanización. El momento mágico de convertir una moneda de cien pesetas en una tableta individual de Crunch y un Popeye de limón había llegado y, haciendo caso a sus madres, no podían saltarse la hora de la merienda. La zona infantil de la pista polideportiva, un verdadero paraíso de sombra veraniega, era el refugio elegido, la pausa merecida entre la piscina y el partido de fútbol sala que, día tras día, servía para llegar sudados a más no poder a la hora de la cena.

Un camión de mudanzas avanzaba por la calle principal, verdadero eje de calles laberínticas, cuando un par de bocinazos llamaron su atención. La dirección que buscaba aquel vehículo contenedor no tenía pérdida ya que se trataba del último chalé de aquella misma calle, justo donde una pequeña rotonda marcaba un obligatorio cambio de sentido. Después de avisar a los rivales del partido de su, imprevista pero decidida, incomparecencia cogieron las bicicletas y se dirigieron a la entrada principal del casoplón que anunciaba nuevos vecinos. La rumorología apuntaba a un matrimonio mayor que había elegido aquella zona para convertirla en su preciado retiro, aunque la opción que más les gustaba -y que deseaban con todas sus fuerzas que fuera cierta- era la que marcaba como inquilino al futuro entrenador del equipo de fútbol de la ciudad.

Muebles, muebles y más muebles. Eso era lo que descargaban del camión, como si se tratara de un pozo sin fondo, tratando de acabar antes que anocheciera. Una de las últimas piezas que salió del furgón fue una mecedora de madera que cautivó a Carlos. Todo parecía indicar que el matrimonio mayor llegaría en breve, pero decidieron preguntar a los trabajadores por la identidad de sus nuevos vecinos. El encargo estaba a nombre de una empresa y todo debía estar entregado antes del viernes. Tenían dos jornadas de intenso trabajo por delante, siempre y cuando pudieran cumplir con el par de viajes diarios que tenían previsto realizar. Iba a ser una mudanza poco menos que cronometrada, entre los portes y el montaje no les quedaría tiempo ni para sudar.

Todo el día de guardia, tanto el sábado como el domingo, y allí no apareció nadie. La sorpresa se la llevaron el lunes cuando, al acercarse para satisfacer su curiosidad, vieron a una anciana de cabello blanco mecerse en el porche del chalé. Impasible ante los gritos de los niños desde la puerta, se limitó a levantar su brazo derecho y les saludó sin dejar de mirar la piscina que, ocupando la parte anterior del jardín, era bordeada por el camino que llevaba hasta la casa. En aquel instante, llegó un coche con matrícula de Tarragona. Bajaron de él un señor de bigote recortadísimo y dos niñas que, enseguida y tras el pertinente permiso, se juntaron al grupo de chavales que daban vida a aquella urbanización. Llegaban para -sobre el papel- pasar el verano con los abuelos y querían conocer el nuevo vecindario. Efectivamente, eran las hijas del entrenador sudamericano que tomaría las riendas del equipo a finales de julio, pero los suegros y sus hijas ya estaban allí. La idea era que las chicas siguieran sus estudios, como internas, sin cambiar de ciudad a orillas del Mediterráneo, aunque no había nada decidido al respecto.

Nadie les preguntó por su madre. Era demasiado pronto para indagar en la vida de los recién llegados, pero Carlos estaba seguro que la mecedora y su ocupante tenían mucho que decir. Al cuarto día de merodear por la casa y la vida de los nuevos vecinos, decidió preguntarles a las gemelas por la figura de su madre. Sin ningún tipo de reparo, ellas contestaron que estaba en la casa, pero una severa y rara enfermedad le impedía salir todo lo que ella quisiera. Hasta aquel momento, no había oído hablar de la fotofobia, aunque le tranquilizó la promesa que cualquier noche la presentarían a su nueva pandilla de amigos leridanos.

Todos los miércoles, como si de un ritual veraniego se tratara, la pandilla no se reunía después de la cena. Era una especie de descanso semanal, de tener presente el calendario durante los tres meses de vacaciones, lo llamaban la noche de las familias ya que dedicaban aquellos momentos a poner en orden desde su habitación hasta sus relaciones paternales. Carlos quebrantó, en secreto y a espaldas del resto, la norma. Cogió el sobre que había guardado bajo el almohadón y se dirigió a casa de las gemelas. Estas, compinchadas con él, lo esperaban en la puerta junto a Marga, la madre enferma. Quedando fascinado con la belleza de aquella mujer vestida inmaculadamente de blanco, se presentó y les explicó a qué venía todo aquello. Iban a pasear por la urbanización, él se encargaría de enseñarles los lugares más bonitos y, únicamente, al regresar a casa podían abrir el sobre que, al final del recorrido, les entregaría. Todos y cada uno de los rincones que les mostró bajo las estrellas estaban, retratados con su Polaroid con la luz de mediodía, en el interior. Una nota manuscrita, de caligrafía temblorosa, cerraba la secuencia de imágenes: Bienvenida, señora Marga.
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