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  • Rosa M. Cano

El jardín de los pensamientos

Actualitzada 27/07/2017 a les 13:24
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¿Sabes dónde se crean los pensamientos?

Aquel piano de madera yacía inmóvil a la espera de ser acariciado por algunas manos con ganas de hablar.

Cada tarde desde aquel jardín podía observar las mil y una historias que pasaban allí.

Por su manera de hablar, aquella chica llevaba poco tiempo viviendo en París. Siempre llegaba silenciosa, con su abrigo, gorro, bufanda de lana, y junto a su pecho, abrazaba sus libros y libretas. Desde bien pequeña sus padres le habían enseñado a viajar sin moverse del lugar.

Siempre mostraba su rostro sonrojado y sus ojos de miel. Había momentos en los que me miraba fijamente, se acercaba y suspiraba. Con cada gesto podía percibir su sensibilidad hacia mí. Aunque ella no lo sabía, me alegraba su compañía.

Y sin controlar el tiempo empezaba a leer todas aquellas historias que le hacían sonreír, llorar y viajar por el mundo de la fantasía, llenándose de conocimientos nuevos. También había veces que con el trazo de aquel carboncillo dibujaba aquello que surgía de su interior, llenando aquel papel virgen de vida y de placer.

Cada tarde venía a visitarme y sin decirnos nada permanecíamos allí, mutuamente absortos en la belleza del cuerpo humano. Con el paso del tiempo, me di cuenta que ocultaba alguna cosa. Había días que iba a la parte de atrás del jardín, donde se encontraba con alguien que a mi parecer, le hacía feliz pero a la vez culpable de estar allí. Así pasó todo los días de invierno.

Cada día desde el mismo lugar, veía pasar los turistas entusiasmados, los estudiantes universitarios de historia del arte, los enamorados que compartían miradas tímidas y los jardineros que disfrutaban con el cuidado de los árboles y flores que formaban aquella primavera eterna.

Una nueva estación había llegado, dejando atrás el frío invierno vivido.

Mi intuición me decía que alguna cosa iba a pasar aquel día. El sol se convirtió en un volcán con rayos de lava, impactando encima de nuestro jardín, donde estábamos la Puerta del Infierno y las esculturas de Rodin.

El reflejo del fuego hizo que aquel hombre que estaba tomando un té en la cafetería, se diera cuenta que se sentía juzgado, humillado y enfadado con todos sus jefes, y envuelto en la locura de ese vacío, decidió marcharse para poner fin y devorar a aquella situación que le consumía sin dejarle vivir.

Ella tampoco pudo escapar de aquel sentimiento que le oprimía el pecho. Por eso, cerró aquel libro y se levantó sin más, siguiendo aquella fuerza visceral que la obligó a alejarse de mí, perdiéndose entre los laberínticos caminos del jardín hasta encontrar el beso cristalino de su amante. Un beso que rápidamente tendría su fin por la presencia de su marido que estaba allí, reviviendo una vez más la triste historia de Paolo y Francesca, que los observaban desde el interior del salón.

Todas las esculturas tenemos una historia y un momento en el pasado que se hacen presentes en todos los días futuros. Los museos son lugares que esconden muchos secretos, misterios, emociones y sentimientos guardados. Los museos son la casa de todos.

Dentro de todo aquel caos, empezó a sonar el piano de madera que yacía inmóvil, haciendo que el infierno volviera a esconderse en la normalidad.

La delicadeza de aquellas manos llegó al corazón de todos los que en aquel momento se detuvieron a escuchar, captivados. Se dejaron envolver por la magia de aquel instante. Se detuvieron las sonrisas, las prisas, todo lo que implicaba estrés… y como las esculturas del museo, los visitantes se quedaron inmóviles dando voz en silencio a sus más primitivos pensamientos. Estaban allí por alguna razón.

Los árboles con elegante presencia acolchaban aquel instante donde cada uno pudo dejarse llevar sin temor a lo que podía pasar. Bailaron sin moverse al son de la música conectando con sus pensamientos más profundos. Todos se empezaron a desnudar, despojándose de todo lo material. Aquel momento era el despertar; aquella mujer que se emocionaba trazando en su mejilla caminos de lágrimas, aquel bebé embobado que sonreía por lo que estaba escuchando, aquel perro que movía su rabo al ritmo de la música, aquel chico que olvidaba la pesadez que sentían sus piernas… Fue el momento de descongelar aquellos corazones que poco a poco y sin darse cuenta, habían creado un pasillo de alta seguridad, donde era demasiado arriesgado si se atrevían a pensar.

Y yo, como siempre, permanecía allí, acompañándolos…en mi casa de bronce. Pensando en la humanidad, y sobre todo animando a la gente a sentir aunque eso implicara sufrir. Yo seguiría estando allí para observar a todas esas personas que vienen a verme, sin saber en realidad, que a quien ven es a ellos mismos. El reflejo de una escultura que siente el dolor del pensamiento y la fuerza del esfuerzo.

Me gusta estar aquí, y sentir ese momento maravilloso donde los humanos os dais un tiempo para escuchar, para vivir, para amar y soñar. Un tiempo para daros cuenta que los pensamientos puros nacen del corazón y no de la razón, palabra dicha del conocido “El Pensador”.
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