x

Ens agradaria enviar-te les notificacions per a les últimes notícies i novetats

PERMETRE
NO, GRÀCIES
Català Castellà
Registra’t | Iniciar sessió Registra’t Iniciar sessió
Menú Buscar
Cercador de l’Hemeroteca
Segre Segre Premium

  • Josep Salvia Vidal

Berenice o el sueño eterno

Actualitzada 03/08/2018 a les 11:32
Aquest relat participa al concurs de Relats d'Estiu del diari SEGRE.
Vota'l perquè aconsegueixi el premi del públic! 
 
E l tiempo pasa lento para aquel que espera que ocurra algo, las horas se arremolinan y se ralentizan alrededor del que se mantiene a la expectativa, aunque lo que tenga que venir sea la propia muerte. Me llamo William y mañana voy a morir ejecutado. Al alba me llevarán al cadalso y arderé en él de la misma manera que la tiniebla de la noche muere quemada en cada amanecer con la luz del día. Esta es para mí la última noche, el final de mi vida. Estoy encerrado en la Torre de Londres. La mazmorra es fría, húmeda, sucia. Un lugar lúgubre, tétrico y siniestro como corresponde al espacio que resulta ser la antesala de la muerte para todos los condenados. Desde aquí oigo el graznido de los cuervos que anidan en lo alto y el rumor de las aguas del Támesis que transcurren a sus pies. Se me acusa de haber matado a mi mujer pero yo no lo hice. Soy inocente y todo esto es una conspiración.

He pedido papel, pluma y candil como última voluntad. Soy escritor y moriré escribiendo. Aprovecho la última noche de mi vida y seguramente las pocas fuerzas que quedan ya en mi cuerpo para escribir un último relato, la última historia que brota del manantial de la imaginación. Cada oración suena como un epitafio prematuro grabado en mi tumba. Cada vez que introduzco la pluma en el tintero provoco un pequeño maremoto en la alberca negra porque la mano me tiembla. Será el miedo de sentir la parca cercana. Las palabras también tiemblan como si tuvieran miedo de algo. La pluma deja un rastro oscuro al deslizarse sobre el papel como si fuesen hebras de tiniebla. El candil ilumina penosamente la estancia creando penumbras que bailan una danza macabra, las sombras me rodean. Y por un momento se abalanzan sobre mí para devorarme pero las ahuyento con un gesto rápido y violento de mi brazo izquierdo. Ahora todo se tranquiliza. Todo en cuanto me rodea se mantiene sosegado. El recuerdo de mi mujer me acompaña en estas últimas horas, a Berenice precisamente le dedico este último relato que estoy escribiendo ahora.

El recuerdo que conservo de Berenice es agradable, hermoso. No recuerdo su cuerpo inerte ni la charca de sangre ni el cuchillo clavado en su vientre. Al contrario. Evoco su rostro angelical. La belleza de Berenice era soberbia. Es curioso como la memoria borra de nuestra mente los malos recuerdos para retener solo los buenos.

Sigo escribiendo. La blancura del papel continúa llenándose de trazos oscuros. Berenice se refleja en ellas y las páginas se llenan de ella porque ella lo era todo. De repente el ruido del portón de la mazmorra abriéndose me distrae. Es un sacerdote. Confieso mis pecados en un último intento de conseguir la salvación eterna de la gloria y evitar el castigo torturante del infierno. Unas cuantas borracheras de absenta, una dependencia temporal del opio, un par de robos sin importancia en la adolescencia, alguna que otra pelea y algunos altercados. Tuve una vida difícil antes de conocer a Berenice por culpa de la orfandad que me convirtió en un ser problemático, arisco y solitario. Conocerla fue un punto de inflexión que marcó un antes y un después. Ella me transformó en una persona distinta y me enseñó el maravilloso sendero de la literatura. Gracias a Berenice descubrí que escribir era una forma de vida. El reverendo me da su bendición, se levanta, camina despacio hasta alcanzar la puerta. El guardia abre, el cura sale y el portón se cierra tras él. La soledad vuelve a invadir mi mazmorra y con ella el silencio más sepulcral. Entonces mojo otra vez la pluma en la tinta y regreso a la escritura y al recuerdo de Berenice que es lo único que me importa ahora, lo último que quiero retener en mi cabeza en el momento de morirme.

Seguro que desde que me arrestaron estoy en todas las bocas de los habitantes de Londres. Seguro que los correveidiles extienden la noticia de mi ejecución por todas partes. Seguro que hasta la reina Victoria habla de mí en su palacio de Buckingham. Mujeres y hombres, ricos y pobres. Hoy todos hablan de mí, del escritor detenido y condenado, del loco que mató a su joven esposa a los pocos días de casarse. Sobre todo en Bloomsbury, nuestro barrio, allí está la casa donde vivía con Berenice ahora cerrada. Es como si pudiera oírles desde aquí. Si es que ese era un loco. Y puede que tengan razón, que la literatura me volviera loco pero no hasta el extremo de matar a Berenice. Yo no lo hice. Soy inocente aunque eso poco importe ya a estas alturas porque cada vez falta menos para que las llamas me devoren en el cadalso, para que la muerte me atrape y me arrastre al infierno. Esto se acaba. Estoy cansado. Las fuerzas ya flaquean en mi cuerpo, son escasas, huyen. Ni tan siquiera sé si podré terminar este relato que lleva por título el nombre de Berenice. Este relato inacabado será mi testamento. De repente me siento agotado, la cabeza me pesa igual que una losa, mis ojos se cierran, la pluma se cae de mi mano porque mis dedos ya no pueden sujetarla. Es la muerte que se acerca. Me duermo arrullado sobre la mesa y sobre los papeles de mi relato que se arrugan, la cabeza alojada en el hueco que forman mis brazos. Pronto dormiré el sueño eterno.

William. Una voz dulce y conocida me despierta. Abro los ojos y encuentro frente a mí el rostro hermoso de Berenice. Me quedo inmóvil, con los ojos muy abiertos porque no creo lo que veo. Debe ser una alucinación, una traición de mi mente fruto de la locura que me vence. No puede ser verdad. Berenice está muerta, yo mismo estuve en su entierro. Y sin embargo todo es muy real, muy cierto. Toco su rostro, acaricio su pelo, cojo sus manos y las estrecho entre las mías, beso sus labios, miro sus ojos de agua donde puedo ver su alma. Ella hace lo mismo conmigo. Todo esto es una locura, solo puede ser que esté perdiendo la cordura. Me estoy volviendo loco por la muerte que se acerca hacía mí con zancadas de gigante.

Entonces Berenice me abraza, yo me arrullo a su cuello y me aprieta contra su cuerpo. Puedo sentir su calor, el latido de su corazón que palpita al mismo compás que el mío, nuestras almas se funden y nuestras bocas se unen en un beso infinito. Ahora lo comprendo todo. Berenice ha venido a buscarme para liberarme. Y en ese momento Berenice coge mi mano derecha y de repente nos elevamos del suelo para salir al exterior por el pequeño ventanuco que queda en lo más alto de una de las paredes de la mazmorra. Volamos por el cielo, nos elevamos ligeros porque ahora somos cuerpos hechos de ceniza o de papel. Nos alejamos de la torre y de la mazmorra. Allí quedan la pluma, el tintero, el candil, el relato que no he terminado, la condena, la ejecución, la hoguera y el cadalso. El alba se extiende inundando de colores rojizos el cielo de Londres. Volamos alto. Y atravesando el aire y el cielo como los pájaros o las nubes Berenice y yo huimos a un lugar secreto, real o imaginario donde ni Dios ni el Diablo ni los humanos podrán hallarnos jamás. Y allí vivimos nuestro sueño eterno.
 
T'ha agradat?

Aquest relat ha estat seleccionat entre els 32 millors Relats d'Estiu de diari SEGRE. A part dels premis als que opta, també pot aconseguir el premi del públic, el teu. Podràs votar aquest relat clicant a través de Facebook clicant "M'agrada".

Qui en tingui més s'emporta el premi del públic. Així de senzill. El votes?

Temes relacionats

Comentaris

Comenta el contingut

2
El més...
segrecom Twitter

@segrecom

Envia el teu missatge
Segre
© SEGRE Carrer del Riu, nº 6, 25007, Lleida Telèfon: 973.24.80.00 Fax: 973.24.60.31 email: redaccio@segre.com
Segre Segre