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En la boca del lobo

  • Josep Ma Castet
Actualitzada 19/06/2020 a les 16:34

 

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La noche era oscura y fría. La nieve caía sigilosamente al ritmo que las ráfagas de viento hacían bailar sus copos. La luz de la luna hacía que el manto blanco pareciese brillar en plata, aunque al pisarlo se hundía el pie más de dos palmos. El esfuerzo que había que hacer para andar sobre la nieve era creador de agujetas y demás dolores a corto plazo. Correr era casi imposible, pero cuando la muerte te pisa los talones esa palabra se borra de la mente y es imposible recordarla.

El camino se estrechaba conforme me adentraba en él. No me preocupaba lo que pudiese encontrar delante, tan sólo me importaba que me alcanzase lo que venía detrás de mí.

Casi podía sentir su aliento en mi nuca. El repiqueteo de sus uñas contra el suelo se acompasaba con sus rápidos pasos. Olía a pelo de perro sucio y mojado. Yo mismo me preguntaba cómo era capaz de aguantar tanto. Ya hacía rato que mis piernas no eran más que una larguísima punzada de ardiente dolor que se extendía hasta tocar la fría nieve. Mis pulmones no daban a vasto y parecía que el aire invernal los congelase por momentos.

Entonces vi la luz entre el entramado de sombras traicioneras del bosque. La cabaña estaba a mi alcance. Casi me podía sentir dentro. Apretaba los dientes como intentando ganar fuerzas o coraje, pues bastante falta me hacían.

De pronto dejé de sentir su presencia. En un segundo abrí la puerta de madera y me dejé caer dentro.

——Cierra que entra el frío.

El anciano permanecía impasible, con la mirada perdida en el fuego. Sus piernas estaban tapadas por una manta a cuadros. Su postura en la butaca era siempre la misma, con el atizador siempre a punto apoyado en el brazo izquierdo y la humeante taza en la mesita de su derecha. El pelo le caía sobre la cara y casi ocultaba sus vidriosos y diminutos ojos azules, la única herencia de familia que aún conservaba.

——Me perseguía, creí que no llegaba.- me apresuré a explicar entre incontenibles jadeos.

——Lo sé. Tienes que acostumbrarte, forma parte del juego de…

—— ¡Casi me mata!

——Eres muy exagerado.

En ocasiones el anciano divagaba. En ese momento no supe si era el caso, pues sus palabras parecían tener sentido.

Hacía unos segundos un lobo del tamaño de un ciervo me estaba pisando los talones. Ahora estaba a salvo, pero ese anciano era incluso más inquietante. La cabaña en la que vivía no era más que un cuchitril desordenado y oscuro, pero había sido una suerte encontrarla justo a tiempo. Pensé en presentarme. “Perdón señor, me estaba persiguiendo un lobo y tuve que entrar en su casa”. Sonaba bastante ridículo, pero lo cierto es que no me hacía ninguna gracia. Aunque empezaba a recuperar la respiración las piernas seguían sin responderme. Parecía estar clavado en el suelo.

——Deberías haber llamado antes de entrar. La juventud de hoy en día no tenéis modales.

—— ¡Pero si me he salvado de milagro!

—— ¡Tonterías! No hace tanto frío.

——Señor… siento la intromisión, pero de no ser por usted ahora mi sangre teñiría la nieve. Llevo huyendo un buen rato. El lobo me sorprendió al caer la noche.- parecía que el anciano no me prestaba la menor atención.

——Forma parte del juego. El hombre y el lobo siempre han estado enfrentados, pero han convivido durante miles de años en armonía. Más o menos.- dijo el anciano dando un pequeño sorbo a su taza.

——Me temo que este lobo no era como los demás.

—— ¿Te crees especial? Llevo en este bosque toda mi vida, no necesito que un forastero me diga lo que es un lobo.

——Mi intención no era…

—— ¿Quieres un poco de café?

——Lo que sea. Me muero de frío.

Hubo un corto silencio en el que entendí que el anciano no iba a moverse de la butaca. Siempre era muy cauteloso cuando me encontraba en casa ajena y la idea de tener que servirme yo mismo me incomodaba. En un rápido vistazo pude ver la cocina, un mugriento rincón con dos fogones de queroseno y una pequeña cafetera encima. Asombrosamente estaba caliente. Me serví una taza y fui junto a mi anfitrión.

—Bebo café para mantenerme despierto. ¡Siempre alerta!-dijo el anciano.

—También ayuda a entrar en calor…

—Eso es lo de menos. Correr delante de los lobos te hace entrar en calor.

Lo miré asombrado y creo que me lo notó. Por primera vez tuve la sensación de que ese viejo loco y yo hablábamos el mismo idioma. Pero la sensación duró poco. Resultaba un poco extraño pensar que un ser tan débil pudiese vivir solo en medio de ese bosque salvaje. La ubicación de su cabaña carecía de lógica. Estaba a kilómetros de cualquier pueblo. Justo en medio de la nada. El lugar exacto donde van los que huyen, como si quisiera guarecer a los niños perdidos. Sin saber muy bien porqué, recordé algunos cuentos infantiles de niños que se perdían en el bosque. Hansel y Gretel, la bruja, la otra bruja y por último caperucita y el lobo.

De pronto escuché un ladrido. Era como el de un perro, pero más rasgado y grave. El anciano notó mi sobresalto. Incluso llegó a pensar que había visto como se me erizaban los pelos de la nuca y me sudaban las manos. Parecía venir de cerca de la casa.

—No te preocupes. Es Colmillo, mi fiel mascota.- dijo el anciano levantándose y dirigiéndose hacia la puerta que minutos antes yo había cerrado con ímpetu.

— ¿Es su perro guardián?

—Más bien de caza.

Me sorprendió ver la agilidad con la que se movía el anciano. Hasta ese momento dudé de si lo llegaría a ver en pié. Pude escuchar cómo el perro olisqueaba con ansia por debajo de la puerta. Parecía estar bien adiestrado, pues en ningún momento arañó la puerta. Giró el pomo y junto a un aire gélido entró el animal. Era el lobo que me estaba persiguiendo. Me miraba con la boca abierta, como riéndose de mí mientras alardeaba de sus afilados dientes. No andaba mal encaminado cuando dije que era del tamaño de un ciervo. Su pelo era de un gris oscuro y olía a suciedad. El olor y el frío me devolvieron por un instante a la realidad. Intenté hablar, pero mi voz temblaba se entrecortaba.

—Voy a darle de cenar. — dijo el anciano acariciando el lomo de la bestia.

— ¿Qué come?

—Carne. — me contestó.

Entonces pude ver como se dibujaba una leve sonrisa en su arrugada piel. El animal se abalanzó sobre mí con las garras por delante y las fauces abiertas de par en par. Lo último que vi fueron sus colmillos, blancos como la nieve que caía fuera. Luego todo mi cuerpo se convirtió en una oleada de dolor extremo y mortal. Perdí el conocimiento y dejé de sufrir. Luego vino la muerte.

El anciano abrió la puerta a su mascota. El lobo salió fuera arrastrando con la boca lo que quedaba de su presa. Fue dejando un rastro rojo en la blanca nieve, hasta que por fin desapareció entre las tinieblas de la noche y la profundidad del bosque.

La taza de café seguía intacta. La víctima la había dejado apoyada sobre la repisa de la chimenea hacía apenas un minuto. El anciano la cogió y la volvió a echar en la cafetera de los “invitados”. Cogió otra cafetera y se sirvió otra taza para él. Con paso lento y mirada satisfecha, volvió a sentarse en su butaca, se tapó las piernas con la manta de cuadros y se dispuso a esperar la siguiente visita.

Se sentía cómodo encerrado en su cabaña.

 

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