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Que solos se quedan los muertos

  • Nieves Gonzalo Migueláñez
Actualitzada 23/06/2020 a les 11:35

 

Aquest relat participa al concurs de Relats del Confinament del diari SEGRE.
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Eran las 16:00h, aún no habíamos comido. De pronto, se abrió la puerta de la cocina y, mi marido entró, de repente. Se ha muerto mi padre. Salí detrás de él, preguntándole: ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha sido? No sé, acaba de llamarme mi madre, fuera de si, pero. ¿Qué haces que no vienes? Se ha muerto papá. Como si ya hubiera hablado con él. No acababa de creerse lo que estaban viviendo.

Nos subimos al coche. Esos 10 kilómetros se hicieron los más largos de mi vida. Apenas hablamos, ¿qué íbamos a decirnos? No te preocupes, no pasa nada. ¡Pues claro que pasaba! No estamos preparados para recibir la muerte, aunque sea de una persona mayor. Y mi suegro, lo era.

Al llegar a casa de mis suegros, había dos ambulancias del SEM en la calle, subimos y al traspasar el umbral de la puerta vivimos una situación terrible: mi suegro en el suelo, tapado con una sábana, rodeado de los sanitarios que le explicaron a mi marido, que también es médico, que cuando llegaron ya no había nada qué hacer, ya no tenía vida. Mi cuñada estaba desazonada, se le había muerto en los brazos. Ella recogía la cocina y de vez en cuando se asomaba al salón, a ver qué hacía su padre. Se acababa de lavar los dientes y sentar en el salón a ver un partido de fútbol. Una de las veces vio que su padre tenía la cabeza en una postura extraña, corrió e intentó, en vano, reanimarle, pero no había nada qué hacer. ¡Qué cosa! Días antes me había comentado mi marido: A mi padre, un día se le parará el corazón y dejará de respirar. Mejor que sea así porque ahora, no podríamos estar con él en el hospital y sería muy grande el dolor por no poder acompañarle. ¡Qué cosas tienes! Pensé, y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Mi suegra iba de acá para allá, sin dar crédito a lo que estaba pasando. ¡Qué cosas más gordas nos pasan! Hasta que su hijo le dijo que saliera del salón, allí podía coger lo que no tenía.

Mi marido llamó al CUAP para que vinieran a extender el certificado de defunción, él no podía hacerlo, era su hijo y nos llevamos a mi suegra a otra habitación. Además, la funeraria iba a llevarse el cuerpo y queríamos evitar que fuera testigo de esa situación.

Empezaron los momentos más difíciles. Siempre he pensado que deberíamos tener todos decidido cómo queríamos que fuese nuestro entierro, la familia, en esos momentos, no está para andar eligiendo.

¿Y los niños? Nuestros hijos (mis sobrinos y mi hija) no viven en Lleida. Teníamos que decírselo. Fue uno de los momentos más duros para mi marido, tener que decirle a nuestra hija, que ya había perdido en enero a su otra abuela (mi madre) que había fallecido el abuelo.

Todo un sinsentido este coronavirus, hijos que no pueden abrazar a su madre, padres que no pueden abrazar a sus hijos. ¡Qué dolor! Y en esos momentos, solo venía a mi mente, el inicio de la rima becqueriana: “Qué solos se quedan los muertos…”

 

Aquest relat participa al concurs de Relats del Confinament del diari SEGRE.
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