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Este virus nos ha cambiado la vida, y aunque sea obvio, no deja de ser importante. Uno de estos cambios es el cómo percibimos la información y las noticias. Lo primero que vemos en los informativos son cifras. Cifras de las víctimas, de los nuevos infectados, de las altas, los ERTE, los parados, las empresas cerradas... Y no es que esté mal en absoluto. Necesitamos esas cifras para conocer la magnitud del problema. Pero no debemos olvidar nunca que cada una de estas cifras habla de personas, de ciudadanos.

Cuando hablamos de víctimas estamos hablando de casos como el de Alba, que perdió a su abuela en una residencia y no se ha podido despedir de ella. Cuando hablamos de infectados, nos referimos a gente como Pepe, que lleva 2 semanas encerrado en su habitación y cuyo contacto con la familia se hace a través de la puerta, cuando le dejan la bandeja con la comida. Su mujer tiene que ponerse guantes, bata y mascarilla para traérsela, y después limpiar la puerta y fregar el suelo para evitar todo contagio. Pero Pepe está en casa y, aunque aislado, está menos solo que Gloria. Con 83 años, está ingresada en el hospital y su contacto con la familia lo hace a través de un móvil que le han hecho llegar y con el que se aclara a duras penas.

Josefa, de 87 años, también ha quedado totalmente aislada. No tiene el dichoso virus, pero el confinamiento impide que su hijo, que vive fuera de Lleida, pueda echarle una mano o visitarla regularmente como hacía. Además, le ha prohibido tajantemente salir a la calle para evitar que se contagie. No es para menos: Josefa ha perdido un hermano que estaba en una de las residencias de Igualada. Eso hace que dependa completamente de los voluntarios para que le traigan la compra y le tiren la basura. Y aunque su pensión no da para muchas alegrías (más bien lo contrario) todavía insiste en dejar propina a esos jóvenes que vienen a ayudarla.

Aleix sí tiene el virus. Lo contrajo en el hospital, trabajando como celador. Las vueltas que da la vida: al empezar el año dirigía un negocio que había levantado de la nada 2 años atrás, estaba pagando cuotas al banco y dos sueldos además del suyo, y por fin se permitía el lujo, no solo de respirar, sino de disfrutar con lo que hacía. Pero este confinamiento le obligó a cerrar las persianas y a no tener ingresos. Y seguía teniendo gastos: luz, agua, alquiler, cuota de autónomos... Había que buscarse la vida, y ser celador le permitía ayudar a aquellos que lo necesitaban. Hasta que el virus lo dejó varado de nuevo. Se encuentra bien, recuperándose en casa. Pero no duerme por las noches.

Como celador también trabaja Luis, que al mostrar síntomas de coronavirus fue enviado para casa inmediatamente. Y al vivir con sus padres, éstos también tuvieron que hacer la cuarentena. 3 semanas después, su madre Marta ha vuelto al trabajo –cajera de supermercado– y ve con desesperación cómo hay sujetos que siguen sin respetar las mínimas normas de prevención: distancias mínimas de seguridad, guantes, aforo limitado del comercio... Y las formas. Los modales de algunos energúmenos que pierden la paciencia por tener que cumplir con todos estos protocolos.

Son solo algunas historias que hemos podido conocer personalmente. Pero hay más, muchas más. Porque este virus nos ha cambiado la vida a todos. Y por eso desde el grupo municipal de Ciudadanos seguimos trabajando para revertir esta situación cuanto antes y de la mejor manera posible. Porque no se trata de cifras. Sino de personas, de ciudadanos.

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