Bendito insomnio
El pasado viernes noche, una sala 2 del Auditori Enric Granados de Lleida, casi llena, vibró con la presencia magnética de Clara Peya, una de las voces más originales y potentes del panorama musical contemporáneo actual. La pianista y compositora catalana presentó su hermosísimo último álbum Solilòquia, surgido de largas noches de insomnio, para un público que pudo sumergirse en un universo sonoro como el suyo que desafía etiquetas, fusionando géneros diversos mediante la improvisación y con una ejecución visceral y siempre arriesgada. Su trayectoria demuestra un recorrido de construcción artística constante que ha desarrollado un lenguaje propio que parte de la tradición pianística clásica para expandirse hacia territorios rítmicos y expresivos más modernos, aunque eso sí, poco convencionales y cercanos a la radicalidad. Su estilo interpretativo es tan técnico como emocional —no hay incompatibilidad— pues cada una de sus notas, magníficamente ejecutadas, parecen surgir desde lo más profundo de su cuerpo y pensamiento. Influenciada por grandes referentes de la música improvisada y por la canción social, Peya no se limita a ejecutar piezas, sino que parece conversar a través de su instrumento con la audiencia induciéndonos su mensaje y, como en esta reciente presencia entre nosotros, sus estados de ánimo tan cambiantes. El concierto lo comenzó explicándonos que, por una noche, había decidido dejar de lado ese particular modus operandi del piano con sordina empleado estos últimos tiempos. Nos confesó que, ante un piano tan excelso como el del Enric Granados, prefería aprovechar sus increíbles posibilidades rítmicas y parecer “más clásica”, ejecutando, aún a riesgo perder algo de ese sonido íntimo, minimalista y casi de “susurro instrumental”, esos temas suyos más recientes en los que ha explorado los mecanismos internos del piano para dar voz a temáticas profundas como la vulnerabilidad y la identidad de género. A partir de la introspección inicial del piano solo, donde el silencio y la tensión son casi tan importantes como los acordes mismos, la noche fue avanzando con la incorporación de loops vocales y sonidos electrónicos, articulando un discurso que transita desde la contemplación hasta el clímax expresivo sin perder coherencia. Entre tema y tema, la artista tejió los momentos más emocionantes del recital que llegaron cuando nos habló de su compromiso social, reflexionando sobre cuestiones íntimas como el desarraigo, la soledad o la incomunicación física y espiritual. La sorpresa de la noche la constituyó, al final del concierto, la aparición en escena del delicioso cantautor Enric Verdaguer, invitado a poner unas cuantas notas vocales al espectáculo, pues Clara, en esta ocasión, no tiró en absoluto de su también notable repertorio de canciones, dejando ese papel al de Igualada, en tres sentidas piezas que elevaron, aún más, el clima de emotividad latente en el ambiente toda la velada. En resumen, tradición e innovación con una sensibilidad que conmueve y despierta el alma.