La transhumancia del Cinca
Un rebaño de 1.300 ovejas aranesas pace durante el invierno en campos de Belver al quedar impracticables por el frío y la nieve los del Pirineo. Eric España, de Salardú, es uno de los últimos ganaderos que mantiene esta tradición itinerante ‘inversa’, habitual hace unas décadas

Tradición. Los cuernos despuntan al poco de nacer en las cabezas del cordero aranés. Un perro y una oveja se husmean bajo la mirada del pastor. Eric ata un cordero para transportarlo. - E.B.D.
La transhumancia consiste en buscar terrenos donde hay comida para el ganado, sea invierno o verano; y la hay del llano a la montaña en verano, cuando la tierra aquí está seca, y en la otra dirección en invierno”, explica Eric España, un ganadero de Salardú (Naut Aran), el último que, hoy por hoy, mantiene la tradición itinerante de desplazar en invierno hacia zonas del sur de Huesca a los rebaños que durante los meses cálidos pastan en los montes de la cabecera del Garona.
“Bajamos de una zona en la que el invierno es muy crudo. Antes lo hacíamos muchos en el Pirineo, pero ahora apenas baja nadie”, anota. Este tipo de pastoreo tradicional también se da, aunque con una frecuencia igualmente languideciente, entre los valles navarros del Roncal y Salazar y las estepas de las Bardenas y las Cinco Villas.
El ganadero, al que estos meses ayuda Dimitri, un pastor de origen rumano que ya se dedicaba a esa actividad en su país de origen, lleva 24 años trasladando a su ganado con el cambio del año hasta una finca de Belver de Cinca (Monte Julia, a 180 km) que dispone de parideras (naves para ganado ovino) con capacidad suficiente para acoger al rebaño, cuyas ovejas adultas inician ahora la temporada de partos. Durante el día es frecuente ver a las ovejas pacer en campos de la vega del río y en otras zonas del área norte del Baix Cinca.
La transhumancia, hoy escasa, fue una de las vías por las que se establecieron lazos familiares entre la estepa y el Pirineo. “El los años 60 y 70 la gente bajaba, se emparejaba y en ocasiones había familias que compaginaban la suelta del ganado en el Pirineo y en el llano en función de la época del año”, recuerda. Hoy, los escasos ganaderos que itineran en invierno suelen trabajar con pastos arrendados.
Ese método de crianza del ganado al aire libre, no obstante, tampoco acaba resultando viable los doce meses del año; no tanto por la disponibilidad de alimento vegetal como por las exigencias del mercado. “Hoy no puedes vender un ganado criado solo en el pasto -explica Eric- porque la carne sala más magra, más dura porque el cordero está más musculado y de color más rojizo. El consumidor quiere carne de color blanco, pero la de un animal que se cría en el monte es roja”. “La quiere blanca y ecológica, pero eso es imposible”, ironiza.
Esas preferencias del consumidor obligan al ganadero a mantener el ganado estabulado algunas temporadas. “La carne es más blanda y más blanca cuanto menos se mueve el animal”, anota.
También ha cambiado con los años el aprovechamiento de la lana. Hace unas décadas, recuerda, “con la lana pagabas los pastores y los pastos de invierno, y ahora la tienes que tirar”.
O no tanto, ya que, según explica, se mantiene su uso para mejorar el rendimiento de las tierras de cultivo y los pastos, algo que ha comenzado a ser objeto de estudio técnico en zonas como el Pallars. “Hace mucho tiempo que la lana se aplica a la tierra: airea los suelos, ayuda a retener el agua y mejora los nutrientes”, explica.
El rebaño de Eric supone algo más de la cuarta parte de la cabaña total de la oveja aranesa, una raza autóctona que suma en torno a 4.000 cabezas.