El último habitante de Iran... pueblo del Pirineo de Lleida: “No se vive nada mal”
Casa Joanot es desde hace tres décadas la única abierta de manera estable en el núcleo de Iran, de El Pont de Suert. “Esto está alejado, pero tampoco se vive tan mal; en un cuarto de hora estás en el CAP, algo que ya les gustaría en la ciudad”, explica Josep Jordana, el último vecino

La Trufa, una mastí del Pirineu d’un any i mig i propietat de Josep Jordana, és la custòdia del poble. - E.B.D.
En Iran no hay ayatolás ni guerra. Y los sonidos más intensos son los de la paz silenciosa de la montaña y el rumor del agua del barranco. Iran es un núcleo pirenaico que acumula paradigmas de la evolución social e institucional de montaña en las últimas décadas y que comparte nombre, pero no etimología, con la teocracia del Golfo. La mesopotámica persa significa (“tierra de iraníes”) y vascona la pirenaica (“el pueblo”). A Iran, a 1.280 metros y abrigado al levante por las cumbres de la Tartera y el Corronco, se va por una estrecha carretera que arranca en la de La Vall de Boí y que en 4 km acumula más de 60 curvas. Con una iglesia dedicada a Sant Climent del siglo XI, fue municipio entre 1812 y 1847, cuando se integró en Llesp por tener menos de 30 vecinos. Desde 1968 forma parte de El Pont de Suert, un término con 2.381 habitantes distribuidos en 24 núcleos más el que le da nombre y enlazados por una malla de 55 km de caminos. El ayuntamiento pelea para que le reconozcan su carácter rural, ya que tiene una densidad demográfica (16 habitantes/km2) menor que las de Finlandia o Nueva Zelanda. Desde los años 90, la única casa abierta es Casa Joanot, aunque una familia de Granollers lleva unos meses instalándose en otra de manera intermitente. El único vecino que vive allí todo el año es Josep Jordana, el último iraní del Pirineo. “No se vive tan mal. Está alejado y hay que acostumbrarse. Pero si lo miras, en poco más de un cuarto de hora estás en el CAP de El Pont. Ya les gustaría en Barcelona llegar al médico en 20 minutos”. Ocurre lo mismo con los suministros: “Compras lo que necesitas y lo guardas en congeladores, y no te falta de nada. Eso es lo que hacemos en todos estos pueblos”, explica. Si algún eco de la guerra del Golfo llega a Iran es, como ocurre de la manera generalizada en el mundo rural por los condicionantes de la movilidad, la del encarecimiento de los hidrocarburos. “El coche lo necesitas para todo”, señala. Eso es ahora, claro. De niño, él y sus dos hermanos bajaban a y subían diariamente de Llesp a pie para ir a la escuela. Ahora no hay escuela, pero Iran tiene los servicios básicos: electricidad, agua de boca, luminaria vial y recogida de basuras; también teléfono, por radio desde que cortaron el de hilo de cobre, y cobertura de móvil. La fibra óptica llega por los 31 postes, pagados por Josep, que sostenían el cable telefónico, pero, en otro paradigma pirenaico, no hay conexión.