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LA CONTRACRÓNICA
  • JOSÉ CARLOS MONGE

El deporte y la política

Actualizada 30/10/2017 a las 18:35

El Lleida volvió a jugar con la camiseta de la senyera ayer en Zaragoza. Forma parte de la normalidad a pesar de que hasta por dos ocasiones en esta temporada se le había prohibido usarla, por razones políticas, al entender absurdamente que jugar con una camiseta con los colores de la bandera catalana que reconoce la Constitución, era una forma de posicionarse políticamente, por supuesto, del lado que no gusta a los intransigentes.

Desde estos sectores intolerantes se critica con rabia las posiciones políticas de los deportistas, con la excusa de que deporte y política no pueden mezclarse. Sin embargo, es curioso que los mismos que critican a Gerard Piqué cuando defiende el derecho de los catalanes a elegir democráticamente qué relación quieren tener con el Estado español, elogian a Rafa Nadal cuando defiende su españolidad y que Catalunya y España tienen que seguir juntos sin posiblidad alguna de debatir sobre ello. Es decir, no molesta que hablen de política, indigna cuando el mensaje no les gusta.

Una de las definiciones que el diccionario de la lengua española de la RAE tiene de la palabra “política”, dice que es la “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su OPINIÓN, con su voto o de cualquier otro modo”. Por tanto, negar que los deportistas opinen de política es negarles su condición de ciudadanos.

La política tiene desde hace muchos años una plataforma de expresión a través del deporte. En los Mundiales, Juegos Olímpicos o competiciones internacionales, las exhibiciones de banderas ¿no son política?

Cuando Jesse Owens ganó la medalla de oro en salto de longitud en Berlín 1936, mientras el alemán Luz Long, plata, y todo el estadio hacían el saludo fascista, él hizo el militar. Fue un acto político, como la acción de los atletas negros estadounidenses que en México 1968 levantaron el puño en el podio en defensa de los derechos civiles. Y fue política cuando Bobbi Gibb (1966) y Kathrine Switzer (1967) burlaron en la maratón de Boston el veto a que compitieran mujeres. Eso era ilegal.

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