Entre ministros y maestros: la delgada línea que separa el cargo del liderazgo
(*) Cofundador y Chief Business Officer de TalensIA HR, Ingeniero, Executive MBA y Consultor de Talento y HRBP
Hay textos que parecen poca cosa cuando empiezas a leerlos. Una anécdota, una conversación antigua, una referencia al latín… y poco más. Pero a veces, sin saber muy bien por qué, algo se te queda dentro. No por lo brillante, sino por lo certero. Este es uno de esos casos.
La historia es sencilla. Un ministro pregunta para qué sirve el latín. Un profesor responde sin levantar la voz, sin ironía exagerada, sin necesidad de demostrar nada. Y en una sola frase deja claro quién sabe, quién enseña y quién simplemente ocupa un puesto. No hay ataque directo, pero el mensaje es claro como el agua.
A partir de ahí aparece la etimología, que a veces explica más de la vida que muchos manuales modernos. Magister viene de magis: más. El que sabe más. El que destaca. El que, por conocimiento y actitud, está un paso por delante. Minister viene de minus: menos. El que sirve. El subordinado. El ejecutor.
Y en ese punto la historia deja de ir sobre latín y empieza a ir sobre liderazgo.
Porque cualquiera puede ser ministro. Basta con que te nombren. Basta con estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Pero ser maestro es otra cosa. Eso no te lo dan. Eso te lo ganas. Con el tiempo. Con los hechos. Con la forma en la que tratas a los demás.
En las organizaciones pasa continuamente. Hay personas con cargo que mandan mucho y aportan poco. Están arriba, pero no elevan a nadie. Tienen autoridad formal, pero no generan respeto real. Cuando se van, no dejan vacío; dejan alivio o indiferencia.
Y luego están los otros. Los que no presumen de título. Los que escuchan más de lo que hablan. Los que enseñan sin darse importancia. Los que, sin buscarlo, se convierten en referencia. No porque sepan todo, sino porque nunca dejan de aprender.
La diferencia no está en el despacho, está en la actitud. El mal líder se sirve del cargo. El buen líder se pone al servicio del equipo. Parece una frase hecha, pero en el día a día se nota muchísimo. En cómo se toman las decisiones. En cómo se gestionan los errores. En si se protege a las personas o solo al puesto.
Un maestro no necesita imponer. No necesita recordar constantemente quién manda. Su autoridad nace de la coherencia. De hacer lo que dice. De asumir responsabilidades cuando algo falla. De estar cuando las cosas se ponen difíciles.
El problema es que el cargo, si no se gestiona bien, confunde. Te hace creer que sabes más de lo que sabes. Te aleja de la realidad. Te rodea de silencios cómodos y de asentimientos automáticos. Y sin darte cuenta, dejas de ser maestro para convertirte en ministro.
Por eso esta historia incomoda. Porque no va solo de otros. Va de cualquiera que haya tenido personas a su cargo en algún momento. Va de preguntarse desde dónde se lidera. Desde el “yo mando” o desde el “yo acompaño”.
Al final, la pregunta es sencilla, aunque no siempre fácil de responder: ¿La gente crece contigo o solo trabaja para ti?
Los ministros pasan. Los maestros dejan huella. Los primeros ocupan un cargo. Los segundos construyen personas.
Y cuando el título ya no está, cuando el puesto se acaba, solo queda eso. Lo que hiciste mientras tuviste la oportunidad de liderar.
Ahí, sin discursos ni nombramientos, es donde se ve de verdad la diferencia entre ministros y maestros.