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El coste invisible del liderazgo mal ejercido

(*) Auditora, consultora y divulgadora de Liderazgo corporativo, Autora del estándar de liderazgo PICE®, CEO de TalensIA HR & Ingenio, Leadership school

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Hay costes en las organizaciones que no aparecen en ningún balance. No se reflejan en la cuenta de resultados ni en los informes trimestrales, pero condicionan profundamente el funcionamiento de los equipos. El liderazgo mal ejercido es uno de ellos.

No me refiero a errores puntuales ni a decisiones difíciles en contextos complejos. Hablo de un estilo de liderazgo que, de forma continuada, genera desgaste. De líderes que no escuchan, que evitan responsabilizarse o que confunden autoridad con control. Sus efectos no suelen ser inmediatos, pero sí acumulativos. Y, como casi todo lo acumulativo, termina pasando factura cuando menos conviene.

He visto organizaciones con buenos resultados económicos y, al mismo tiempo, con un nivel de cansancio humano difícil de sostener. Personas que cumplen, que responden, que no se quejan… hasta que un día se van. Y cuando se van, cuesta entender por qué. El problema es que muchas de esas señales no se ven porque nadie las está mirando. O peor, porque se han normalizado.

El coste invisible del mal liderazgo se manifiesta en pequeñas cosas: reuniones donde nadie aporta ideas nuevas, equipos que dejan de proponer mejoras, profesionales que hacen “lo justo”. Aparece también en un fenómeno silencioso: el talento que se desconecta antes de irse. No da problemas, no discute, no reclama. Solo reduce su energía, su creatividad y su iniciativa. Desde fuera, todo parece estable; por dentro, el motor funciona en mínimos.

A veces el síntoma más claro es la rotación. Pero no siempre. En determinados contextos, la gente no se va; se queda. Y esa permanencia puede engañar. Se queda por hipoteca, por miedo, por falta de alternativas, por responsabilidad. Se queda con la cabeza agachada y el corazón lejos. Y eso tiene un coste enorme: baja la calidad de las decisiones, se multiplica el rumor, se enquista el conflicto pasivo y se empobrece la cultura.

A menudo se intenta compensar este desgaste con más procesos, más controles o más presión por resultados. Sin embargo, cuando el problema es de liderazgo, ninguna herramienta técnica lo soluciona. Al contrario, suele agravar la sensación de desconfianza y distancia. Se instala la idea de que el error es imperdonable y, con ella, desaparece algo esencial: la innovación. Porque innovar implica equivocarse, y equivocarse en un entorno de miedo es un lujo que nadie se permite.

Hay también un impacto directo en la salud psicosocial de las personas. Estrés sostenido, sensación de injusticia, falta de reconocimiento o inseguridad constante acaban pasando factura. Y cuando eso ocurre, el coste ya no es solo organizativo, es humano. Se traduce en bajas, en irritabilidad, en insomnio, en desgaste emocional. Y en un fenómeno muy actual: la pérdida de sentido. La gente deja de encontrar significado en lo que hace.

Lo paradójico es que muchas de estas situaciones podrían abordarse a tiempo con liderazgo consciente: conversaciones honestas, límites claros, coherencia entre discurso y acción. Pero eso exige algo que no siempre se fomenta: asumir que liderar implica mirarse a uno mismo y aceptar que el impacto que generamos no siempre es el que creemos.

Quizá deberíamos empezar a hablar más del liderazgo no solo como motor de resultados, sino como factor de salud organizacional. Porque lo que no se cuida, se deteriora. Y el coste de ignorarlo siempre acaba apareciendo, aunque tarde. La pregunta es si queremos verlo cuando aún es reversible o cuando ya solo queda gestionar las consecuencias.

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